sábado, 22 de marzo de 2014

/26/


Me he dado cuenta de que siempre acabo escribiendo sobre mis viajes por Europa. Da la impresión de que Praga no es entretenida, de que aquí no ocurre nada y tengo que huir. En vez de estar de Erasmus, parece que estoy de Interrail. Y en absoluto. Esta ciudad está muy viva, repleta de situaciones absurdas en cada esquina y personajes pintorescos. Praga mola, e incluso ha salido el sol, así que Ana ha abandonado su sempiterna depresión climática. Pero como es experta en quejarse, ahora se queja de que el sol “le da fuerte en la cabeza”.

La primavera ha llegado abruptamente, de hecho, ayer por la noche bajamos a pillar algo de comer al McDonalds en abrigo, imaginándonos que haría viento y frío. Y no, en cuanto salimos a la calle Ana se quedó en manga corta y empezó a gritar BRASIL BRASIL porque el clima era tropical. Un furgón de policía aminoró la marcha para ver qué disminuida mental estaba montando semejante circo, pero luego vieron que llevábamos gafas. Y la gente con gafas nunca hace nada ilegal.

Ana trabaja unas 25 horas al día, y la vida no se lo pone fácil. La semana pasada se le cayó encima una ventana de unos diez kilos, y ésta ha sufrido un conato serio de atropello. Cada vez que se depila se arranca un trozo de pierna y sangra por toda la cocina, le duele el pie izquierdo y está paranoica por si las chinches deciden despertar del letargo y hacer un comeback primaveral. El otro día casi pierde una pierna intentando bloquear las puertas del metro como si fuese un ascensor, en lugar de hacer fuerza con el pie. 

No tenemos dinero para hacer una compra decente, así que el otro día le dio una sobredosis de ositos Haribo y empezó a retorcerse en la cama susurrando “hospital, hospital”. Su voz rasgada tenía tanto dramatismo que “hospital, hospital” podría ser el nuevo single de Russian Red. Se ha cogido seis asignaturas en lugar de cinco porque su capacidad de trabajo es infinita, y está empezando a obsesionarse con temas variopintos como Yugoslavia, la nueva ola eslovaca o los documentos secretos de la Guerra Fría.

Yo mientras tanto me dedico a la vida ociosa de jueves a domingo. Este cuatrimestre estoy superando muchos de mis traumas vitales, como comer solo en un restaurante, seleccionar el programa correcto de la lavadora o aprender a arreglar la calefacción. Sin embargo, la falta de víveres está acabando con mi afición favorita: estofar. En serio, soy un fanático del movimiento slow food. Corto todos los ingredientes, los echo en la olla, cojo una silla y me siento a esperar. Puedo estar tres horas sentado fumando porros mientras las fibras de la carne se van debilitando. En opinión de Ana cocino demasiado lento, así que a veces mete la cuchara en MI preciada olla y se sirve sin que la cocción haya terminado.

Me cuesta bastante trabajo tener un día normal, de esos en los que no ocurre nada. El otro día volvía a casa moqueando en el metro, y una checa me tiró a la cara un paquete de kleenex. No entendí lo que me dijo, pero creo que mis sonidos nasales no le dejaban leer con tranquilidad. Yo me soné y me dio un ataque de risa. Por cierto, República Checa es el país europeo donde más horas se lee a la semana. Otra noche bajé al cajero a por dinero y tras esquivar un par de camellos me di cuenta de que al lado del cajero había una pareja follando abiertamente a las ocho de la tarde. Ay Praga, Praga, ¿cómo aprenderé a vivir sin ti?

miércoles, 26 de febrero de 2014

/25/


Lo que menos disfruté de Berlín fue el Reichstag, porque la maravillosa cúpula de Norman Foster no está adaptada para días nevados. Me sentí como Serafín Zubiri en un museo. Yo miraba y miraba, la audioguía perjuraba “A la derecha podrán observar la catedral de Berlín…”, pero yo solo veía nieve. Obviamente también visitamos el Checkpoint Charlie, el muro y la parte comunista de Berlín. Como vivencia es horrible, pero desde luego mola tener una ciudad partida en dos durante décadas en la que una mitad y la otra no se parecen absolutamente en nada.

Seas como seas, esta ciudad se adapta a ti. Excepto si eres de Jaén. Sí, en Berlín hace un frío que te cagas. Sí, la nieve acaba derritiéndose dentro de tus zapatos. No, no es buena idea hacer un tour callejero de 3 horas y media en Enero. No, no hay tantas cafeterías por habitante como en Madrid o en Praga. Pero sí, acabas encontrando algún bar espantoso donde te sirven Nescafé con leche vaporizada. Ana y Golli discutieron sobre Hugo Chávez y yo hice de moderador del debate mientras me intoxicaba con aquel café. De vez en cuando soltaba algún dato en plan Gloria Serra contextualizando cosas. Adoro contextualizar.

En fin, me ha gustado tanto Berlín que empiezo a tener una relación sadomasoquista con los alemanes, ahora hasta entiendo que torturen a los españoles. Eso sí, teutones y teutonas, cuando vuestros imberbes etílicos hacen balconing en Mallorca y vuestras ancianas quebradizas se rompen la cadera en Magalluf, recordad siempre: SANIDAD PÚBLICA ESPAÑOLA. Por si se os había olvidado. De algo hay que presumir, coño.

Casi perdemos el autobús de ida y casi perdemos también el de vuelta. Pero claro, afortunadamente los dominios de Avanza Bus y ALSA no llegan a Centroeuropa. La azafata de la empresa nos llamó para ver si seguíamos teniendo intención de viajar o salía el bus sin nosotros. Ana se puso en modo SWAG y empezó a decir “YEAH YEAH, SORRY, YEAH YEAH. WE’RE ARRIVING, YEAH YEAH”. Una zorra nos indicó mal donde estaba la estación de autobuses y empezamos a andar en dirección contraria. Menos mal que Ana es periodista y está obsesionada con contrastar informaciones y verificar fuentes.

Al final conseguimos llegar y la azafata nos recibió con desprecio. Joder, diez minutos tampoco son para tanto. Me senté e hice el amago de leer textos, pero acabé oyendo música y viendo Big Bang Theory. En efecto, los autobuses de Student Agency tienen una tablet para cada pasajero. También dan café y té gratis. Eso sí, lo de parar en estaciones de servicio no lo tienen muy asumido. Madre mía, cuánto nos queda por aprender. La ciudad se fue desdibujando poco a poco. Danke schön, Berlin.

lunes, 24 de febrero de 2014

/24/


Ya en el primer paseo por Berlín estuve dándole vueltas a cómo una ciudad sin centro histórico y donde todos los edificios son posteriores a la guerra puede ser tan bonita. Aprende, Albacete. Bueno, también es verdad que Berlín es la capital cultural de Alemania y preciosos museos acristalados con techo retráctil florecen en cada esquina. La primera parada fue para beber cerveza y comer salchichas, obviamente. Nuestro hostel era maravilloso y estaba en el centro de la ciudad. Bueno, bonito y barato. La recepcionista era de Barcelona, y siempre es un gusto que te expliquen las cosas en castellano en vez de asentir como si entendieses inglés con acento alemán.

Lo que más me sorprendió de Berlín es que los precios son similares a los de Madrid, incluso en cosas como el tabaco, que suele ser muy caro en los países desarrollados. Del precio de los alquileres no voy a hablar porque me enervo. La chica esta pagaba trescientos cincuenta euros al mes por un estudio en el centro. Visto así, San Sebastián debe ser Manhattan. Viva la cultura del alquiler, muerte a las hipotecas. Citando a ese gurú mainstream que es Risto Mejide, cuando alquilas no estás tirando el dinero, estás comprando tu libertad. Y bastantes jaulas hay ya en la vida como para fabricarte un zulo de gotelé en el que encerrarte los próximos cuarenta años.

Por la noche estuve hablando con la simpática recepcionista y definitivamente creo que Berlín puede ser mi ciudad durante un puñado de años. Además, después de conocer el checo, el húngaro o el polaco, el alemán se antoja un idioma sencillísimo. Al menos conocen la existencia de las vocales para separar consonantes. Por otro lado, son el país más cívico en el que he estado, y yo soy un abanderado del civismo como modo de vida. Y por último, en algunos bares se puede fumar e incluso fumar porros, lo cual es un MUST después de haber vivido en Praga.

Me encanta la nieve, pero definitivamente no es nada cómoda. Queda precioso que cuaje sobre el asfalto, pero andar por la acera debería considerarse deporte olímpico. Por la noche fuimos a una discoteca muy berlinesa, muy industrial y muy dark. Me cogí una cogorza legendaria y perdimos a Ana en una especie de mazmorras. Luego la encontramos y en el eterno camino de vuelta al hostel me dediqué a darle cientos de razones a Golli por las cuales NUNCA debería vivir en Madrid. Andábamos un poco sulfurados y obviamente nos caímos los dos resbalando con el hielo. En ese momento me hizo una gracia tremenda, pero al día siguiente me levante con un moratón en el culo del tamaño de Canadá.

Habíamos previsto levantarnos pronto y seguir visitando la ciudad de buena mañana. Teniendo en cuenta que llegamos al hostel alrededor de las cinco y que la calefacción estaba en modo grill, levantarse a la una no está tan mal. Mi alter ego de las resacas, Bocaseca Man, se abalanzó en calzoncillos sobre el primer grifo que vio. El día anterior había pasado bastante frío, así que me puse debajo del pantalón unos leggings que compré en el H&M hace unos años. Menudo cuadro. Era una mezcla entre Peter la Anguila y Miguel de Cervantes. Eso sí, aquí los molinos producen cerveza.

jueves, 13 de febrero de 2014

/23/


Me había pasado todas las navidades en sudadera, pasando frío para que la gente creyese que Praga me había hecho un hombre siberiano. Lo único que conseguí fue incubar un catarrazo que te cagas, pero ahora los madrileños me respetan. En realidad cuando cogí el avión en Barajas hacía más frío que cuando bajé en Ruzyně. Los checos no dejan de repetir que ha sido un invierno excepcional, ilógico, tropical. Para mí sigue haciendo frío, por mucho que ellos caminen en chanclas con calcetines.

Me costó mucho adaptarme de nuevo a la vida independiente. Todo el paisaje era de nuevo extraño, y eso es una putada en un país en el que parece que las sonrisas cuestan dinero. Eso sí, los vietnamitas del Potraviny de debajo de casa nos recibieron con una fiesta. Son lo más amable que hemos conocido en esta ciudad arisca y distante, pero siguen sin hacernos descuento. Por otro lado, cuando nos fuimos para España dejamos toda la casa sin limpiar, y a la vuelta nos encontramos con musgo en el váter y verduras mohosas en la nevera. Para empezar con buen pie el nuevo semestre compramos un calendario de prostitutas de los años 90 desnudas. Ellas, con su depilación brasileña, sus collares tribales y sus raíces negras, vigilan el salón cuando salimos de casa.

Al día siguiente vino Golli, le enseñamos las partes más destacables de la ciudad y todo eso. Luego yo me dediqué a contarle chorradas como que la Mayonesa se inventó en Mahón pero luego se la apropiaron los franceses como hacen con TODO lo relevante que hacemos los españoles. Acabamos con las existencias de hierba del país para ver vídeos de Mister Jägger y el Rubius. También jugamos al futbolín, y Ana y yo perdimos, claro. Salimos un par de veces, y los días que no salimos, Golli se dedicó a  hacer catas de cerveza para diferenciar matices y mirar botellas a contraluz. Obviamente, a partir de la cuarta, yo no era capaz de diferenciar ni la etiqueta. A mí todas me saben a gloria. Si me hubieran puesto una lata calentorra de Carrefour Discount habría dicho que era cerveza negra.

Yo andaba torturado con mi trabajo final de Global Ethnographies sobre la identidad catalana, pero como soy lo peor, nos fuimos a Berlín. Imprimí unas 400 páginas de textos y me metí en el autobús. Solo fueron seis horas de viaje, pero juro que jamás había tenido más frío que cuando pisé el suelo de la estación de autobuses. En ese momento pensé que me iba a pasar los tres días envuelto en mi edredón del hostel como un dürüm. Luego todo resulto mucho más sobrellevable de lo que esperaba.

Berlín es increíble. Es una ciudad limpia dentro de un país limpio. Bueno en realidad el pasado alemán es bastante sucio, pero al menos ellos se avergüenzan de sus errores. Es limpia en su moral, en su arquitectura, en sus aceras. Yo me dediqué a dejar limpias varias jarras de cerveza y a ensuciar váteres después de comer currywurst. Como solo sabemos hacer los españoles, nos colamos en el metro para llegar hasta Alexanderplatz. Cuando salimos a la superficie, pensé que estaba en Sochi. La ciudad era una pista de patinaje sobre hielo. Había ambulancias y señoras postradas por los suelos. Decidimos entrar al Burger King. En esta puta ciudad no hay wifi en ninguna parte.

jueves, 6 de febrero de 2014

/22/


Mi regreso a casa distó mucho de aquel video viral de una madre llorando porque su hijo exiliado vuelve a casa. Amanda, Ana, Marcelo y yo nos levantamos pronto para coger un taxi al aeropuerto. Sorprendentemente nos salió bastante barato porque Amanda se puso farruca. Después de cuatro meses chantajeando taxistas, ya ha cogido experiencia. Obviamente hubo drama aeroportuario porque la maleta de Ana necesitaba un balón intragástrico, ya que había metido unos nueve kilos de apuntes dentro. Al final acabaron en una bolsa de plástico y pudimos embarcar.

Viajar con Czech Airlines es un gusto porque te dan un sándwich y bebidas durante el viaje en lugar de una lista de precios al estilo Iberia. Eso sí, pusieron villancicos en checo durante el aterrizaje y vi toda mi vida pasar como una película. Una película malísima por cierto. Al llegar a Barajas, Marcelo olvidó pasarse por la aduana de inmigración así que vivió ilegalmente todas sus vacaciones en Jaén.

Sinceramente, no esperaba una comitiva de familiares y amigos con pancartas y tirándome confeti al llegar, pero al menos confiaba en que mi padre se presentase a buscarme. Después de veinte minutos, por fin aparecieron mi padre y mi hermana. Menos mal. De todas formas, han sido unas navidades extrañas. Mi madre me recibió con un abrazo y una lista de dramas familiares que ríete tú de las navidades de la Pantoja. Pero bueno, supongo que es más cómodo estar lejos de casa, aislado de la realidad. De todas formas, seguimos todos en pie. Y mi madre sigue inaguantable.

Mis amigos todos bien, como si no hubiesen pasado cinco meses. Eso sí, nunca llegué a acostumbrarme a su volumen de voz. Y ellos encantados de verme sufrir, repitiéndome una y otra vez la frase “que europeo has vuelto”. Lo que más rabia me da es que no pude verlos a todos el tiempo que me hubiese gustado, pero bueno, conseguí mi objetivo de pasar 21 días en Madrid sin ser multado por CUALQUIER cosa. No me hizo ninguna gracia volver a escudriñar luces azules cuando me saco la chorra y esconder latas de cerveza debajo de bancos cuando pasa un coche patrulla. Tampoco disfruté volviendo a un país donde todas las conversaciones acaban derivando en la crisis.

Desde que huí, ya no me parece normal que mis amigos cobren menos de cien euros por su trabajo. Tampoco me gusta ver a la gente que quiero buscando monedas debajo del sofá para comprar un cartón de leche. Pero bueno, lo peor de todo es que la gente ha asumido que el futuro de España es ese, buscarse la vida hasta debajo del sofá. Yo desde que soy europeo creo que tengo derecho a una vida digna. Pero está claro que no la encontraré en mi país.

Han sido unas navidades etílicas, llenas de risa, de comida, de mañaneos, de empujones para seguir disfrutando de mi experiencia. Cuando te largas, la gente piensa que no echas de menos nada, que tu vida es tan frenética y sorprendente que te olvidas de todo lo que viviste antes. Y no. Siempre viene bien ver a todos los que quieres, beber cerveza y ponerse al día. Sobre todo cuando te das cuenta de que en el resto de Europa no tienen ni idea de lo que es la amistad. Amistad es que el tiempo pase y nada cambie. Amistad es que todo siga como lo dejaste antes de partir.

domingo, 15 de diciembre de 2013

/21/


Estoy un poco agobiado porque se me echa encima la semana de exámenes y trabajos finales y no ando muy motivado. Tampoco es que los exámenes sean especialmente difíciles, pero tengo cero ganas de ser productivo, así que este fin de semana hemos decidido recuperar la juventud y la vitalidad. El viernes celebramos un cliché, la Spanish Party, ese engendro culinario que organizan todos los españoles de Erasmus para dejar flipaos a los extranjeros con cuatro chorradas.

Hice ensaladilla rusa, gambas al ajillo y patatas alioli. Amanda hizo tres tortillas y ensalada de pimientos. Ana durmió la siesta y al levantarse hizo pan tumaca medio desnuda. Por otro lado hubo pork rave, con chorizo, jamón, fuet y tal. También melón con jamón. La sangría salió regular porque obviamente el vino aquí no es como en España, pero a nadie pareció importarle. Amanda había propuesto que mancillásemos la paella, pero se lo prohibí explícitamente, que suficiente sufre la pobre siendo violada en cientos de chiringuitos, menús del día y secciones de platos preparados.

La fiesta se dividió entre los que preferían beber a comer y los que podrían haber estado atados a la pata de la mesa. Yo me lo pasé muy bien, vaya. Al día siguiente me levanté rollo walking dead y me arrastré hasta la cocina para conseguir algo de agua. Todavía no hemos recogido, y está el piso que parece la Guerra de Kosovo. Hay hasta cadáveres y miembros seccionados por ahí. Fatal. Durante toda la tarde nos dedicamos a ver tutoriales de peinados en Youtube. Lo que pasa es que en el neceser de Ana hay exactamente tres horquillas, un peine y una goma de pelo, así que quedó un poco princesa low cost.

Llegamos una hora tarde al cumpleaños de Vivien y cuando llegamos ya había gente vomitando. Ana decidió no parar de liarse porros, y fue una idea terrible, porque hacía tiempo que no estaba tan fumado. Se me caían las lágrimas de la risa porque todo era un espectáculo. Un lituano sin cejas guapísimo le regaló a Vivien una taza, una botella de vino, unos bombones y unas botellitas de vodka al tiempo que le decía “nice to meet you”. De verdad, cuanta bondad desinteresada hay en el mundo.

Luego había una eslovaca muy maja que no paraba de hacerse Bongs, un polaco insoportable y personajes variopintos. Resulta que el chico más guapo que jamás habíamos visto en nuestra vida era de Tayikistán (sí, he buscado en Google). Yo me imaginaba a sus habitantes estilo Borat, pero resulta que no. Después viví una de las situaciones más absurdas de mi vida: dos personas contándome a la vez que eran fieramente veganas mientras comían nuggets. También fue la primera vez en mi vida que vi a una china fumar porros. Bueno, en realidad era coreana y no dejaba de decir “cooooool”. Nunca había visto a una persona despierta con los ojos tan sumamente cerrados. Descartes no habría sido capaz de discernir si estaba en sueño o en vigilia.

Otro personaje espectacular era una señora así como Tamara Gorro en versión incluso-más-choni a la que apodamos La Leona. Sus aportaciones fueron: apoyarse llorando en el marco de una puerta diciendo que solo conseguía ser graciosa cuando bebía, desmayarse sobre una pared y quedarse dormida en la puerta del baño impidiendo el paso. Por otro lado, estuvo toda la noche (antes de morir, se entiende) haciendo el paso de baile que hace Madonna en el videoclip de Hung Up, así que también recibió el sobrenombre de La Rana.

Llevaba toda la semana ocultándole a Ana que Marcelo venía el sábado, así que cuando llegó fue como un episodio de Hay una cosa que te quiero decir. Lo único que Ana estaba completamente fumada y no quedó tan romántico. Ellos se largaron a casa a repoblar el planeta y yo con los irlandeses al SaSaZu, que es una discoteca que está donde Cristo perdió el sombrero. Concretamente cogimos tres tranvías diferentes para llegar. Me lo pasé genial, pero John me invitó a un chupito de algo horrible y me tuve que pedir un gintonic para sobrellevar el drama. Y claro, vas sumando copas y la lías.

Total, que me quedé dormido en un sofá con Lucia y el puertas nos acompañó amablemente a la puerta. Vino Lulu a por nuestros tickets del ropero para darnos nuestros abrigos pero resulta que Lucia no tenía el suyo, así que nos turnamos mi Columbia para no morir de hipotermia. No sé cómo cojones conseguí encontrar el bus correcto, pero después de una hora conseguimos llegar a casa. Me comí un Big Mac con patatas y Coca Cola y le eché la chapa a Lucia hasta que el tranvía a su casa volvió a estar operativo. Me dormí y hoy me he levantado con resaca doble, así que no se cómo voy a hacer todo lo que tengo que hacer esta semana. Dame fuerza, Virgencita.

martes, 10 de diciembre de 2013

/20/


La noche del sábado teníamos una cena de grupo organizada. Albóndigas con tomate, cerdo con salsa de cereza, arroz con azafrán, vegetales y hierbajos variados y medio kilo de patatas. Todo en el mismo plato. Y gratis. A favor, claro. Además estaba bastante decente. Eso sí, se me ocurrió salir a fumarme un cigar a la terraza del restaurante sin abrigo, así que volví con escarcha en el bigote. Estando en la terraza, un suizo como de 30 años empezó a observarme con mirada humanitaria al enterarse de que yo era español.

Me preguntó cosas como si los españoles todavía podíamos comer. Le dije que en su país habían votado no en un referéndum para limitar la distancia salarial entre los ejecutivos y los trabajadores, y que yendo en ese plan acabarán con la misma desigualdad que en España. Él me respondió que es bueno fomentar la competitividad. Yo le dije que es muy fácil defender eso cuando el que menos cobra de la empresa gana 5000 euros. Me contestó que en Suiza eran muy ricos pero que se aburrían mucho, y que en España por lo menos teníamos sol (?) y éramos graciosos. Me fui.

Los irlandeses son maravillosos. Tienen todo lo bueno de los españoles pero no gritan tanto. También son espabilados como nosotros, y saben que si hay una discoteca gratis debes ir a ponerte el sello y luego pirarte a beber a la habitación del hostel. Intenté seguir su ritmo pero solo lo conseguí a medias. Primero bebí cerveza, luego compramos un cuarto de litro de vodka de sabores para cada uno y ya después un litro de vodka para cada dos. Maravilloso. Les debí echar una chapa importante sobre todo lo que se me pasó por la cabeza. Además cuando voy borracho no consigo conjugar y me enfado conmigo mismo, así que puedo estar media hora diciendo “I was, no, I were, joder, I had been…I gone…Ok, doesn’t mind”.

Os contaría qué tal era la discoteca a la que fuimos, pero no me acuerdo. Tampoco sé cómo volví al hostel. Pero sí recuerdo haber meado de madrugada en las calles de Cracovia, cuando mi pene pasó a ser un Frigopene. De todos modos me lo pasé genial. Al día siguiente me levanté de resaca y me tiré encima de la máquina de café. Pero no había. Hicimos la maleta a toda prisa y partimos hacia Auschwitz-Birkenau.

Todo el subidón del fin de semana se fue diluyendo poco a poco según me adentraba más y más en uno de los resquicios más podridos de la historia humana. No llego a entender tanta crueldad, ni siquiera partiendo del máximo odio posible. Me lo imaginaba distinto, mucho más pequeño, más vallado, más derruido. Me destruye pensar en los diciembres de aquellos prisioneros, trabajando con harapos en el paisaje polaco: llano, frío, inhóspito. Aunque al menos si sentías la nieve colándose en las entrañas era porque todavía estabas vivo. En fin, definitivamente no fue un buen colofón para el viaje.

Me subí al autobús y como me había bebido un litro de Coca-Cola no pude dormir ni un minuto de las siete tediosas horas de viaje vuelta a casa. Al llegar a Praga nos despedimos de la gente y recuerdo que me dieron ganas de quitarme el abrigo, porque después de conocer el invierno polaco, el checo se antoja tropical. Nos compramos una caja de 20 nuggets en el McDonalds, unas patatas grandes y dos coca-colas. Ana se puso a hacer un trabajo y yo a leer sobre los personajes que horas antes me habían aterrorizado en Auschwitz.

Nos acostamos como a las cinco de la mañana, y yo seguía sin poder dormir así que estuve dando vueltas en la cama, leyendo y releyendo el Twitter. A las seis y media, en ese momento en el que estás con un ojo abierto y el otro cerrado, noté que había un grupo de gente hablando y riendo al otro lado de la puerta. He de decir que nunca cerramos la puerta con llave cuando nos vamos a dormir. Y claro, como en toda historia de terror que se precie, empezaron a aporrearla. Después de 10 minutos de golpes y gritos en checo no me quedó más remedio que despertar a Ana y hacerla partícipe del drama.

Ana se despertó como en una película de David Lynch. Me preguntó si estaba despierta o dormida. Me dijo que estaba soñando que venían a robar a casa. Le dije que alguien estaba llamando a la puerta. Mientras buscaba algo de ropa para ponerme, ella abrió la puerta y gritó WHAT DO YOU WANT? Uno de los cinco skinhead le enseñó su móvil y le preguntó si conocía al tío de la foto. Ana respondió que no y cerró de un portazo. Yo me lancé a la cerradura. Tuvimos que dormir juntos. Al día siguiente Ana le preguntó a un vecino y resulta que era la mafia rusa buscando a un hombre que debía dinero. Me gustaría decir que estamos mucho más tranquilos, pero no lo tengo claro. Este país es maravilloso. 

lunes, 9 de diciembre de 2013

/19/


Tocaba visitar Cracovia y Auschwitz-Birkenau. La verdad es que Polonia es un país que nunca me ha atraído, pero como los viajes que organiza Student Zone son muy baratos y muy bien organizados, nos apuntamos. Como de costumbre, la noche antes del viaje no dormimos, haciendo trabajos para la Universidad entre cafés y porros. Eso sí, después del drama he conseguido entregar un análisis decente del programa electoral de EQUO. Quince páginas en inglés que han supuesto un step más hacia el bilingüismo pero un step menos hacia mi estabilidad mental.

Teníamos la calefacción y el agua caliente de casa estropeados, así que nos plantamos en Hlavní Nádraží congelados, sin habernos duchado y en mi caso con gafas, porque tenía conjuntivitis. Menos mal que no pretendía usar mis armas de seducción en Cracovia, porque estoy en esa etapa del año en la que te sientes extremadamente feo. Nos subimos al autobús para comenzar un apasionante viaje de 7 horas por las nevadas carreteras centroeuropeas. Llevábamos toda la semana durmiendo a ratos, así que en cuanto nos sentamos Ana se dedicó a babearme el hombro y yo a golpearme contra la ventana, despertándome cada diez minutos. 

Tras atravesar cientos de barriadas comunistas repletas de altísimos bloques de cemento gris, llegamos al centro de Cracovia, que afortunadamente es bastante más bonito. No sé dónde está mi umbral máximo de frío, pero las tormentas de nieve polacas lo han rozado de cerca. Ni siquiera fuimos capaces de terminar el tour guiado por la ciudad. Los polacos son bastante más amables y simpáticos que los checos y bastante menos agresivos que los húngaros. Tienen una iglesia por habitante (hasta siete en la misma calle) y yo pensaba que serían estilo extremismo Intereconomía, pero simplemente son como abuelas españolas que acuden a misa por inercia y ponen velas a los santos. O al menos eso me pareció a mí.

Lulu, la organizadora siberiana del viaje, nos colocó a Ana y a mí en una habitación del Kraków Hostel con cuatro irlandeses. Y llegó el día D de nuestra estancia Erasmus. Por fin tenemos amigos. O un conato de ello, vaya. Pasamos de ir a la fiesta en un tranvía porque valía seis euros y además Ana tenía que hacer un trabajo para la Universidad. Le rogué que saliésemos después a la discoteca con el resto de Erasmus porque necesitaba algo de diversión tras una semana catastrófica. Ella se negó, obviamente, pero después de que uno de los irlandeses llegase etílico y sus amigos le metiesen en la cama, aprovechamos que habían vuelto al hostel y salimos con ellos. Por cierto, John había comprado vodka de avellanas, que se bebe mezclado con leche. A mi me pareció una guarrada pero el caso es que me invitó a un par de chupitos y era como beber Baileys con sabor a Nutella. Sorprendentemente bueno.

Fue la primera vez en años que Ana se bebió dos vodkas. Yo me bebí alguno más, porque cada copa costaba unos 3 euros y medio. Aquí todo el mundo da por hecho que Ana y yo somos pareja. De hecho, Lulu nos preguntó si habíamos protagonizado esa leyenda urbana de la pareja que folló en los baños del barco de Budapest. Después de litros de vodka polaco, no sé ni cómo volví al hostel. Estuvimos hablando con Lulu hasta que Ana empezó a quedarse sobada en una silla. Cuando entramos en la habitación nos dimos cuenta de que la nieve se estaba colando por la ventana, así que dormimos juntos.

Al día siguiente llegó Marcelo con un amigo suyo de Brasil, Henrique. Dimos vueltas por la ciudad y comimos una sopa que sabía rara, como a patatas y nata agria, pero estaba buena. La cerveza polaca, también buena. De vuelta al hostel me sentí como la bolsa de plástico de American Beauty, porque el viento hacía conmigo lo que le daba la gana. Españoles que bailan y saludan como idiotas. La nieve lo cubría todo, y no sabía si estaba en la acera, en medio de la calzada o a punto de ser atropellado por un tranvía.

Era la primera vez que Marcelo veía la nieve, así que Ana y él estuvieron todo el día tirándose pelotazos en plan Love Actually. Mientras tanto, yo me dediqué a gritar que estaba lloviendo cocaína. Ellos querían tener una cena romántica y todo eso, así que le pregunté a los irlandeses si podía acoplarme con ellos para cenar y salir. Y como son encantadores, me acogieron, así que me fui a dormir la siesta. Hay cosas que nunca cambian.

martes, 19 de noviembre de 2013

/18/


La susodicha guía era muy maja, pero no conocía ningún dato sobre nada y se limitaba a contonearse, señalar cosas y tener ataques de risa. De hecho olvidó enseñarnos algunos monumentos aunque estuviesen delante de su angulosa nariz. Pese a sus intentos por boicotear Budapest, lo cierto es que creo que es la ciudad más bonita en la que he estado. A años luz de Praga. Y a varias galaxias de Madrid.

Qué maravilloso es eso de tener un enorme y caudaloso río atravesando tu ciudad y no un arroyo tóxico como el Manzanares. Eso sí, aunque Budapest es preciosa, la calidad de vida parece ser bastante peor que en Praga. Además los húngaros tienen una extraña afición por los solariums, así que caminas todo el día junto a tanoréxicas pese a que el sol no sale ni a saludar. Todos los platos que probé sabían a paprika, que viene a ser su pimentón y da igual que receta pidas que ahí está, intoxicándote. La cerveza la sirven templada y está bastante mala.

Después de cinco horas subiendo y bajando colinas, cruzando puentes y esquivando calles en obras nos daban al fin tiempo para comer. Dormí la siesta para no dejar de promocionar la Marca España y cuando desperté apareció Ana con Marcelo, su novio, que había venido de viaje express. La noche prometía ser un capítulo de Gossip Girl, navegando de noche por el Danubio con barra libre. Al final fue más un capítulo de Los Serrano, con Jesús Bonilla sirviendo champán de marca blanca y Belén Rueda vomitando por la borda. Eso sí, la cerveza era Heineken. Obviamente tuvieron que parar el barco para subir más alcohol. Yo me cogí un pedo interesante mientras fumaba en la cubierta disfrutando de un paisaje iluminado por los dioses. Budapest es más bonita de noche. Y es rematadamente bonita de noche y borracho.

Intenté montar un show tipo Chanquete pero al final nos echaron del barco y salí tambaleándome antes de que algún húngaro me llenase de cemento las Vans y me tirase al río. La idea era salir, pero Ana y Marcelo se piraron al hotel y Amanda estaba cansada. Los Erasmus son unos bordes y son lo menos friendly que te puedas echar a la cara. Así que me dediqué a darle la chapa a Amanda con lo mierda que es el universo y todas esas cosas existenciales que se reflexionan cuando vas ebrio. Al menos Amanda es del mismo país que yo y no tengo que iniciar absurdas diatribas sobre política monetaria o social cleavages in Southern Europe.

Obviamente para volver nos colamos en el tranvía, pero como el karma está obsesionado con joderme la vida, nos pilló un revisor justo en la parada que teníamos que bajarnos. Yo no tenía ninguna intención de enfrentarme a las fuerzas de seguridad húngaras, que no tienen muy buenas referencias, así que le tiré a la cara un billete de mil florines y salimos corriendo. Después me sentí mal porque podría haber corrido sin pagar. Luego pensé que mil florines son tres euros y que me hubiese salido más caro pagar todos los viajes que hice en transporte público.

Inmerso en mi depresión me dediqué a probar toda la gama de productos Milka para saciar mi drama, encarnando a una especie de Bridget Jones austrohúngara. A la mañana siguiente todos decidieron ir a las termas pero yo no tenía bañador así que me largué con Ana y Marcelo a una exposición de Robert Capa. Disfrutar de decenas de espeluznantes fotografías de la Guerra Civil no me ayudó a sentirme mejor. Pero al menos desplacé el drama hacia los republicanos. Desde luego la historia de España se ha construido siempre sobre la injusticia.

Paseamos por la ciudad, comimos y disfrutamos de los últimos momentos en una ciudad mágica. Hacia las seis de la tarde partimos de nuevo a Praga, y el viaje de autobús se me hizo insoportable. Cuando llegamos eran más o menos las doce y media, y Ana y yo nos congelamos volviendo a casa con mucho peso encima y pocas ganas de empezar una nueva semana. Praga tiene la niebla más espesa que vi jamás. Tras la caminata por Hogwarts, al fin tenía de nuevo cerca a mi querido edredón.

domingo, 17 de noviembre de 2013

/17/


Llegó el momento de girar un poco por Europa, en este caso hacia Budapest. Para los que consideráis Europa del Este todo lo que está a la derecha de Alemania, os comentaré que si lo dices por aquí se cabrean. Hungría, como República Checa, es un país centroeuropeo. Y en Europa Central todo está cerca. Solo seis largas y soporíferas horas de viaje de autobús, lo cual no está tan mal si piensas en esas familias de Bilbao que bajaban en los setenta a pasar las vacaciones en Huelva. Y sin atravesar ninguna frontera.

El autobús nos abandonó en medio de la ciudad y nos dirigimos al GoodMo Hostel, que por cierto recomiendo encarecidamente. Hicimos el check-in, deshicimos la maleta y todas esas chorradas. Después, Ana y yo huimos a pillar algo de comer porque todo el mundo había tenido la maravillosa idea de traerse un bocadillo pero, obviamente, nosotros no. Un euro son aproximadamente 300 florines húngaros, por lo que es un país en el que es fácil ser millonario. Según el tipo de cambio de hoy, solo necesitas 3352,17 euros, aunque visto el percal tampoco es tarea sencilla. El caso es que es un coñazo de moneda porque una cena te puede costar 1594 florines y acabas montando un show de monedas y billetes variopintos para pagar un puto sandwich.

Dormimos la siesta porque el día anterior no habíamos dormido gracias a un maravilloso trabajo de la universidad. A lo tonto ya era la hora de la cena, en realidad las seis o siete de la tarde, en la que nos iban a deleitar con lo que el folleto prometía: una cena gratis de especialidades húngaras. En la cruda realidad nos esperaban varios platos de plástico de lo que en España denominamos Patatas a la Riojana. El chorizo lo habían sustituido por salchichas y habían triplicado la cantidad de pimentón. Yo estaba aterrorizado porque sabían exactamente igual que las del comedor de mi colegio. Alguna señora llamada Toñi estaba detrás de la barra, estoy convencido.

El caso es que causaron furor y se acabaron enseguida, así que tuvieron que pedir 20 pizzas para alimentar a hordas de Erasmus enfurecidos (y borrachos). Ana y Amanda no tenían ganas de salir y yo estaba cansado, así que nos fuimos a dormir pronto. Durante la noche fui atacado y me levanté en pleno pánico porque pensaba que tendría que vivir la secuela de Gingerman. Pero no, eran arañas mutantes cuya picadura dolía un huevazo pero no tenían interés en invadir mi casa. No pude desayunar en el hostel porque como en mi habitación dormían otras nueve personas, había cola para la ducha. Y los franceses tardan, de media, cuarenta minutos en ducharse. Menos mal que Ana interpretó a Winona Ryder y me robó uno de los mejores donuts que me he comido en mi vida. 

La razón del madrugón era un tour gratis por la ciudad a cargo de una chavala de infinitas piernas y abrigo de pelo sintético. Empezó diciendo que era su primer día como guía, lo cual me hacía presagiar que dejaría Hungría sabiendo lo mismo del país que cuando llegué: Goulash, porno gay y una democracia derrumbándose.

jueves, 7 de noviembre de 2013

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No voy a contaros nada nuevo. Confeccionar tu currículum es el paso definitivo hacia la madurez y la independencia. Por eso yo sigo sin tener uno. Y mira que mi madre insiste e insiste en que las cosas no caen del cielo y que hay que buscar para encontrar. El caso es que paso de hacerme un currículum poniendo lo maravilloso que soy y mi Bachillerato de matrícula. Total, para que me contraten en un McDonalds da igual que ponga que estudio dos carreras o que soy el presidente del club de fans de Sonia y Selena.

O incluso peor, podría optar a ser “becario” en algún medio de comunicación. Que viene a ser lo mismo que trabajar friendo hamburguesas, pero encima justifican tu mierda de “sueldo” – si es que lo tienes – porque están “formándote”. La verdad es que antes de pasarme mañanas y tardes minutando vídeos o transcribiendo noticias de agencia casi prefiero poner la cuchara-palo y hacer que la máquina de McFlurries centrifugue también mis expectativas vitales.

Me estoy yendo por las ramas, y lo que yo venía a contar era mucho más divertido. El caso es que cualquier español, a la hora de hacer su currículum, tiene rellenado de antemano uno de los apartados. Inglés nivel medio. Da igual que hayas vivido quince años en Alabama o que tu mayor contacto con la lengua de Shakespeare haya sido un verano en la verbena de tu pueblo de la Serranía de Cuenca con una guiri que nadie sabe bien como acabó allí.

El inglés de los españoles es siempre medio. Hablado, escrito y leído. Si me apuras, también puedes incluir un nivel bajo de francés (si es que estuviste en Disneyland París cuando tenías tres años), italiano (si hace dos veranos te follaste a un tal Piero que luego resulta que tenía gonorrea) o portugués (es que tengo una tía que vive en Ourense y claro, al fin y al cabo, portugueses y ourensanos, primos hermanos).

Si hay algo positivo de que estemos huyendo como ratas de España, es que nos vamos a dar cuenta al fin de que todas las chorradas que nos hemos creído durante años son mentira. En cuanto sales del país te das cuenta de que los españoles no tenemos ni idea de inglés. Ni nivel medio ni pollas en vinegar. En cuanto llegamos al extranjero nos juntamos con todos los europeos del sur, dispuestos a no entendernos y a disfrutar de nuestra complicidad mediterránea.

Me he liado un porro con el First Certificate porque es para lo que me va a servir. El otro día en clase un canadiense me dijo algo y yo le sonreí esperando que no fuese una pregunta. Pero sí, lo era. Soy un cliché. Después quedé como un borde porque un turco me preguntó algo y le contesté con una carcajada nerviosa mientras corría escaleras abajo. También le grité “good presentation” a una ucraniana sexy y huí porque tenía miedo de que me preguntara que era lo que más me había gustado.

En realidad me encanta dramatizar. No tengo ni puta idea de inglés pero tengo mucha gracia. Coño, que soy español. No entiendo nada de lo que me dicen pero pensaba que estaría acojonado con caer bien y no quedar mal. En realidad estoy haciendo lo que me sale del cucumber, así que aunque esté aprendiendo más checo que inglés, estoy contento. Además, estoy enriqueciendo la lengua inglesa con cientos de neologismos y palabras traducidas literalmente del español ante la perplejidad de Amanda.

Soy como Belén Esteban pero sin dinero para cocaína. Supongo que cuanto más me quede por estos parajes, más mejorará mi inglés. Por ahora, prefiero seguir levantándome cada mañana de resaca con mi relaxing cup of café con leche y preguntándome si estoy en el sitio adecuado, frente a la puerta correcta. Y cada mañana mi conciencia me recuerda: if, if, between, between.

viernes, 1 de noviembre de 2013

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Confieso que me apetecía mucho hacer este capítulo porque es apasionante mostraros mi nueva faceta. Soy toda una señora. Por fin entiendo qué es eso de comparar precios en el supermercado, pesar frutas y verduras y preguntar a las reponedoras dónde está el azúcar para que me respondan “cariñet, en el segundo pasillo”. Eso sí, todo eso en checo. Así que sigo buscando el azúcar.

Básicamente aquí hay tres cadenas de supermercados importantes: Billa, Tesco y Albert. Nosotros vamos a Billa porque es el más barato, el más grande y el que mejor marca blanca tiene (Clever). Los productos de primera necesidad en el supermercado son muy baratos, aunque la cuenta final suba un poco por esos caprichos de Bridget Jones que metemos en el carrito.

Ir con Ana a la compra puede ser un coñazo, especialmente cuando llegas a la sección de panes. Somos como una pareja de recién casados. Yo espero con el carro en una esquina intentando no obstaculizar el paso a las ancianas mientras ella pasa unos veinte minutos cogiendo y dejando panes. Mientras tanto yo tengo que buscar en el traductor si el pan es integral o blanco, de trigo o de centeno. Por cosas como ésta es por las que invertimos toda la tarde cada vez que vamos al supermercado.

La verdura y la fruta son muy frescas, y puedes comprar naranjas, pimientos, ajos o tomates españoles mejores y más baratos que en nuestro propio país, cosa que no entiendo. Para que os hagáis una idea, estoy empezando a comer tomate porque aquí está realmente bueno. La carne es excelente, pero no hay ternera, solo cerdo y pollo. Y cientos de tipos de salchichas, pero todas están malísimas. Si eres adicto al queso, aquí es difícil desintoxicarte, porque tienen de todos los tipos habidos y por haber, incluidos quesos españoles.

El pescado no existe, porque el mar más cercano debe estar a 2000 km. Puedes conseguir pescados de río rollo trucha, suele haber salmón pero es caro y luego tienes un par de estantes de pescado congelado. Pero me juré a mi mismo que no comería Abadejo de Alaska, Panga o varitas de merluza. Venden atún Calvo y millones de conservas Isabel en los supermercados. El aceite de oliva suele ser griego. Y carísimo. Un cuarto de litro nos costó cuatro euros. Ahora hemos comprado medio litro de aceite de Tarragona por seis pavazos, pero está bastante decente.

Lo que más echo de menos es el tomate frito, que no existe, y sobre todo las legumbres. Lo del tomate lo he solucionado comprando una salsa preparada de importación italiana que es tan ácida que hay que echarle medio kilo de azúcar, aunque sabe bastante bien. Pero lo de las legumbres sigo sin solucionarlo. En serio, necesito un cocido de mi madre, unas lentejas con chorizo o una fabada. El otro día compré Baked Beans porque quería sentirme como un vagabundo de Leeds, pero fueron directas al WC. ¿En serio los ingleses desayunan eso? ¿No me estáis vacilando?

Hay productos como las sopas de sobre, las especias o los yogures que vienen en envases individuales. Aquí el concepto Hacendado “pack indivisible de tres” lo tienen muy superado. Tampoco son muy fans de los conservantes, y tienes que estar atento a todo lo que tienes en la nevera porque por ejemplo los yogures caducan dos días después de la compra y la carne más de lo mismo. Compramos un café que se llama Paloma porque echo de menos a mi hermana.

Aquí debe estar de moda el concepto Viva México Cabrones, porque hay una sección dedicada únicamente a comprar todo lo que necesitas para hacer mexican party, con la consiguiente diarrea del día siguiente. También tienen como tres mil tipos de noodles y billones de salsas. El otro día un checo me dijo que aquí los macarrones se comen con ketchup. Yo hay cosas que no entiendo, de verdad.

Ah bueno, y después de que mi madre me diese el coñazo pasándome ciento cincuenta recetas en las que el vino blanco era IMPRESCINDIBLE, compramos también un tetrabrick estilo Cumbre de Gredos. Eso sí, también me intentó convencer de que tenía que comprar Brandy, pero no estamos en Cuéntame. Y además acabaría bebiéndomelo un martes por la noche. 

lunes, 28 de octubre de 2013

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Bueno que se me va de las manos y todavía no os he contado nada sobre la Universidad, que se supone que es a lo que he venido. O al menos lo que le he contado a mi coordinadora. Se acabó tener que madrugar toda la semana y atender a clases de tres horas. Cuanto más desarrollada es la educación de un país, menos vas a clase, eso es así. De hecho, la Karlova V Praze está entre las 100 mejores universidades del mundo. Tengo clase de lunes a miércoles, cinco asignaturas, en dos facultades distintas, Hollar (que está en el centro) y Jinonice (que está en Mordor):

Los lunes a las 14:00 voy con Amanda a Global Ethnographies, que es una asignatura de máster que todavía no sabemos de qué va. La profesora es húngara, muy maja, pero cada semana nos manda leer 200 páginas en inglés sobre temas tan apasionantes como la reforma agraria de Napoleón, el fracaso de la Tercera Vía de Blair o la compresión espacio-tiempo provocada por la Globalización. Comentarios semanales. Participación en clase. Trabajo final de 35 páginas. No sé cómo voy a aprobar esta asignatura.

Los martes a las 9:30 tengo European Comparative Politics and Society, que es mi asignatura soñada. Los que me conocen saben que ADORO comparar países entre sí. Y encima como somos 80 personas cada uno de un lugar del mundo, pues es como la ONU pero sin que me paguen por opinar. Me encanta hacer comentarios incendiarios en un inglés bananero, defender la independencia del País Vasco o decir que España no es una democracia. Y encima nadie se sorprende. Qué maravilla. Hay que leer muchos textos, hacer un trabajo y un examen final.

Después vuelvo a casa y una vez cada dos semanas tengo Contemporary American Cinema por las tardes con Ana y Amanda. Ves una película en tu casa, te lees un par de textos, ves una película en clase, se monta un debate y entregas dos ensayos durante el cuatrimestre. No parece muy exigente, pero la verdad es que cuando tienes que entregar trabajos en inglés de unas cuantas páginas, casi prefieres que te hagan un examen. El profesor es Michael Moore y no entiendo absolutamente nada de lo que dice porque es americano y habla inglés nativo.

Los miércoles a las 12:00 tenemos Media and Society, que consiste en llevar comentada una noticia sobre los medios cada semana y hacer un trabajo final, que Ana y yo lo hacemos con dos checas sexys con las que todavía no hemos hablado. El profesor bebe ginebra antes de entrar a clase y se dedica a hacer discursos mientras apaga y enciende el aire acondicionado. No es muy complicada pero a veces se generan debates interesantes.

Por último, después tengo Intercultural Communication Management, que básicamente es hacer performances como si estuviésemos en un episodio de Supernanny. Nada más entrar el primer día la profesora nos repartió unos papelitos. Cada uno éramos un país del mundo y teníamos que saludar a todo el mundo tal y como lo hacen allí. Durante las siguientes tres clases cada grupo de alumnos presentó su país y luego el resto preguntábamos. Muy divertido, y aprendí muchas cosas de países de los que no tenía ni idea. Además la presentación de España causó furor, porque a los europeos les parecemos graciosos aunque estemos contando dramones del Guernica y la Guerra Civil. La profesora actúa como Lourditas de Los Serrano y se asusta cuando alguien estornuda.

Como veis, todas las asignaturas están intrínsecamente relacionadas con el Periodismo y la Comunicación Audiovisual. Sinceramente, ojalá la UC3M se dé cuenta de que no tiene ningún sentido un plan cerrado de cinco años, porque al menos aquí puedo coger asignaturas con las que estoy aprendiendo y de temas que me interesan más que volver a dar Periodismo en la Red. No he faltado ni un día a clase y suelo leer todos los textos, así que creo que es compatible tomarse un poco en serio las cosas con un pedo continuo de miércoles a domingo.

sábado, 19 de octubre de 2013

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Deberíais amarme. Comprendo que haya cientos de blogs en el mundo en los que la gente cuenta sus experiencias Erasmus con un Excel al lado, informando de cuánto cuesta el metro, el precio medio de la barra de pan o qué monumentos debéis visitar. Las guías de viajes ya cubren esa avidez informativa. Me gustan los datos, pero también me gusta la ginebra, y si puedo inundar mis vivencias, las inundo. Es extraño que nadie os cuente la percepción que tiene de un país nuevo, de un modo de vida que no se parece, ni de lejos, al que acostumbraba tener y de los claroscuros que tiene esto de vivir lejos de mamá.

Praga es una ciudad bellísima, de eso no cabe duda. Pero también es una ciudad repleta de contrastes. Yo diría que el 90% de la población tiene un Skoda Octavia, así que presupongo que respetan y apoyan al adalid de su industria. Pero también hay un 5% de ciudadanos que tienen magníficos Porsche, BMW relucientes o brillantes Ferrari que miran hacia los vagabundos y les roban la poca dignidad que les queda. También hay otro sector poblacional que llena de humo tóxico la ciudad y conduce coches de la época comunista, con chatarra en los asientos de atrás y el óxido carcomiendo la carrocería.

Soy un ignorante, así que no se si en otros países se puede palpar tan fácilmente la desigualdad, pero es llamativo descubrir que aquí la ciudadanía está separada por abismos insondables. De hecho, el otro día leí que República Checa es el país líder en consumo de metanfetamina. En Praga, si escoges la ruta incorrecta y acabas debajo de un puente o en una calle poco transitada, es normal ver a gente fumando crack. Y no seré yo el que demonice las drogas, desde luego, pero cuando te enfrentas a esa realidad de frente, te das cuenta de que quizá esas personas hubieran tenido vidas diferentes si papá Estado tuviese unos programas de reinserción más eficientes.

Creo firmemente que Europa ha sido siempre el estandarte del Estado del Bienestar y de la sociedad solidaria, la que no mira a otro lado y prefiere tender la mano antes que esposar la mano del que pide ayuda. Pero cuando ves que una persona baja del tranvía con una brecha en la cabeza y sangre cayendo por su cara, y te das cuenta de que el resto de los viandantes continúan su caminata sin girar la cara, te empiezas a preguntar dónde queda todo eso del Bienestar.

Cierto es que esta ciudad minimiza al máximo lo que en España consideramos agravios comparativos. Hasta el más pobre puede salir a cenar o a tomar una cerveza. El abono transporte para tres meses me ha costado 700 coronas, unos 30 euros, menos de lo que pagaba en Madrid por un mes. Las discotecas o bien son gratis o cuestan máximo unos 4 euros. Es fácil ser feliz aquí, al menos si lo comparas con las familias españolas echando cuentas y considerando el McDonalds como un lujo para satisfacer a los chavales.

Perdonad que me ponga reivindicativo, pero es que justo antes de venir leí un artículo en el que un economista sugería que España debía bajarse de la parra y empezar a competir con los países que realmente están a su altura, como Polonia y República Checa. Recuerdo que me sentó mal, y que pensé que debíamos pelear contra los líderes, Alemania o Francia. No entendía por qué nos comparaban con países tercermundistas. Ahora sé que la sociedad checa le da mil vueltas a la española en decenas de asuntos.

Para que os hagáis una idea, la semana que viene hay elecciones al Parlamento. El partido que estaba gobernando con mayoría absoluta ahora tiene poco más del 6% de apoyo en las encuestas. La tolerancia con la corrupción es nula, están muy quemados desde la caída del comunismo. Y sí, aún con mayoría absoluta, aquí el presidente dimitió. No fue por financiación ilegal, sino porque su secretaria, y amante, utilizó los servicios secretos del país para espiar a su mujer. Si el Caso Bárcenas estallase aquí, el Parlamento estaría ardiendo.

Esa es solo una de las múltiples razones por las que cada día me levanto y pienso que preferiría no volver jamás al país que me vio nacer y que espero que no me vea morir. Aunque sí espero que me vea crecer, al menos un tiempo, porque te das cuenta de que cuando estás fuera, dedicas gran parte de tu tiempo a añorar todas las cosas que has dejado atrás.

Echo de menos a mis amigos, a mi familia, y me doy cuenta de que son mucho más necesarios de lo que creía y de que me gustaría meterles a todos en un avión para que paseasen conmigo por las pedregosas aceras. Y compartir historias cervezas mediante. Porque esa es otra de las razones por las que me quiero quedar. Aquí las cañas son de medio litro.

viernes, 18 de octubre de 2013

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La siguiente aventura era una excursión dominguera al campo. Yo no estaba muy a favor de escalar montañas el día antes de empezar las clases, pero como nos habíamos apuntado porque costaba solo seis euros, pues fuimos. Una vez más se nos fue la hora de las manos, pero habían presupuesto que habría europeos del sur apuntados, así que cuando llegamos todavía no se habían marchado.

Un gordito bonachón comentó que tendríamos que coger un tren, luego un autobús y después un tren de nuevo porque había habido un accidente de coche. Yo no entiendo que tiene que ver un accidente de coche con una línea ferroviaria, pero bueno, este país es así. El caso es que Bohemian Paradise, donde nos dirigíamos, está a unos 80 kilómetros de Praga, pero tardamos dos horas y media en llegar.

Los trenes la verdad es que deben ser de la época en la que Stalin partía la pana, porque yo me sentía como en un capítulo de Mad Men. Aquí las vías están construidas en medio de Narnia, así que las ramas golpean la ventana del tren y no puedes mirar porque te mareas. Ana se quedó dormida y yo me dediqué a jugar al Diamond Dash en el móvil. Bohemian Paradise es un parque nacional que a mí no me sorprendió en absoluto porque el paisaje es exactamente igual que el de mi pueblo, que está en la Ribeira Sacra. Eso sí, aquí las casas no eran de pizarra y piedra, sino más bien rollo Suiza, de madera y con los tejados muy empinados.

Andamos unas ciento treinta horas por la montaña hasta que llegamos a una piedra del tamaño de la Torre Picasso. Hubo gente que la escaló y gente que se quedó abajo cuidando las mochilas. A mí me parece un despropósito que la Universidad organice viajes en los que perfectamente puede morir alguien, pero como Ana estaba convencida de subir, pues subí yo también. Las vistas desde arriba eran increíbles, la verdad, pero bajamos porque un alemán con gorro se había motivado saltando piedras y estuvo a punto de caerse por el precipicio.

Después de visitar un castillo y de caminar otras doscientas cuarenta horas por el bosque, a las cuatro de la tarde llegamos a un restaurante en medio de la montaña. Ana y yo decidimos ir al baño y cuando volvimos estaban las ochenta personas sentadas en mesas de diez. Nos sentamos los dos solos en plan parejita y yo me dediqué a emborracharme porque me parecía una situación muy humillante. Cuando acabamos de comer nos propusieron volver a casa o seguir caminando hasta las nueve de la noche. Bendita democracia.

Volvimos a Praga con agujetas y un conato de gripe que no fue nada gracioso, porque el rollo de subir montañas, sudar y que luego la temperatura baje 10 grados no le sienta nada bien al organismo. Nos tiramos en la cama y montamos drama porque oficialmente se habían acabado las vacaciones. A mí se me había olvidado hasta cómo escribir. Y en inglés ni te cuento.

jueves, 17 de octubre de 2013

/11/


El encuentro con los buddys fue raro. Llegamos a la estación de metro más cercana y le preguntamos a una checa dónde estaba exactamente el lugar que buscábamos, pero nos contestó con un dobrý den y un golpe de pelazo. Empezamos a andar de manera aleatoria y sorprendentemente encontramos el punto de encuentro. Nos recibió una checa muy maja y un grupo de unas cincuenta personas.

Un neozelandés nos hizo las típicas preguntas sobre la sangría y la siesta, y nos habló de paellas y fiesta, más o menos la marca España en estos latifundios. Fuimos a un bar y pedimos una cerveza, y otra, y otra. Y así. Se nos olvidó cenar, que es algo totalmente normal aquí, teniendo en cuenta que cenan a las siete de la tarde y nosotros habíamos quedado a las ocho. Presuponemos que la gente había salido cenada de casa, pero nosotros andábamos con el estómago vacío.

Según el pedo iba subiendo yo me venía más y más arriba. Ana se ríe de mí porque cuando conozco a alguien de otro país tiendo a decir In spain, we use to…, seguido de cualquier anécdota estúpida e irrelevante para mostrar a los ciudadanos de otros países nuestra idiosincrasia. Le dije a una alemana que para nosotros el cine alemán eran las películas de los domingos en Antena 3, niñas secuestradas, mujeres violadas y asesinatos cerca de un lago. No le hizo mucha gracia pero creo que le caí bien.

Seguimos bebiendo y el bar cerró como a las once, así que cuando salimos ya íbamos con un pedo importante. De repente el checo líder de la manada, que por cierto me tiraba los trastos, decidió que era el momento de trasladarnos a una discoteca. Estaba cerca y fuimos hablando con un francés que tenía unas orejas muy graciosas y con un eslovaco que había sido jugador de la selección de fútbol de Eslovaquia pero se había tenido que retirar por una lesión.

Llegamos al Astronomic Club, que viene a ser como Kapital en Madrid pero algo más tercermundista. Yo saqué mi cartera para pagar la entrada pero resulta que era gratis, así que tuve una ligera erección. Bajamos las escaleras y aparecimos en una especie de bar, en el cual medio litro de cerveza valía unas 30 coronas, que viene a ser un euro y poco, así que yo estaba en la gloria. Ana se pidió un mojito que le costó unos 3 euros, así que también estaba en la gloria.

Bailamos un rato y Ana decidió que necesitábamos un porro porque llevábamos casi un mes en el país y todavía no habíamos fumado. Decidió preguntarle a un rasta que estaba fumándose uno, pero la acusó de ser agente de policía. El rasta malrollero estuvo a punto de escupirle pero decidió irse para no crear gresca. De repente apareció un turco llamado Omar que nos invitó a un porro. Ciertamente sabía a gloria después de tanto tiempo, pero cuando le fuimos a pedir el teléfono de un camello se subió a un tranvía.

Además Omar iba a pasar el resto del mes fuera de Praga, así que no había esperanza de tener camello. Al menos volvimos a casa dando un paseo y chocándonos contra las paredes. Cuando llegamos, Ana se tiró sobre la cama y tuve que desvestirla, entre el erotismo y la necesidad. Hay que ver la facilidad que tiene el cuerpo para adaptarse a la ausencia de THC y sorprenderse de nuevo con la sustancia girando en nuestro interior.

Desde luego esa noche dormimos muy a gusto.