domingo, 15 de diciembre de 2013

/21/


Estoy un poco agobiado porque se me echa encima la semana de exámenes y trabajos finales y no ando muy motivado. Tampoco es que los exámenes sean especialmente difíciles, pero tengo cero ganas de ser productivo, así que este fin de semana hemos decidido recuperar la juventud y la vitalidad. El viernes celebramos un cliché, la Spanish Party, ese engendro culinario que organizan todos los españoles de Erasmus para dejar flipaos a los extranjeros con cuatro chorradas.

Hice ensaladilla rusa, gambas al ajillo y patatas alioli. Amanda hizo tres tortillas y ensalada de pimientos. Ana durmió la siesta y al levantarse hizo pan tumaca medio desnuda. Por otro lado hubo pork rave, con chorizo, jamón, fuet y tal. También melón con jamón. La sangría salió regular porque obviamente el vino aquí no es como en España, pero a nadie pareció importarle. Amanda había propuesto que mancillásemos la paella, pero se lo prohibí explícitamente, que suficiente sufre la pobre siendo violada en cientos de chiringuitos, menús del día y secciones de platos preparados.

La fiesta se dividió entre los que preferían beber a comer y los que podrían haber estado atados a la pata de la mesa. Yo me lo pasé muy bien, vaya. Al día siguiente me levanté rollo walking dead y me arrastré hasta la cocina para conseguir algo de agua. Todavía no hemos recogido, y está el piso que parece la Guerra de Kosovo. Hay hasta cadáveres y miembros seccionados por ahí. Fatal. Durante toda la tarde nos dedicamos a ver tutoriales de peinados en Youtube. Lo que pasa es que en el neceser de Ana hay exactamente tres horquillas, un peine y una goma de pelo, así que quedó un poco princesa low cost.

Llegamos una hora tarde al cumpleaños de Vivien y cuando llegamos ya había gente vomitando. Ana decidió no parar de liarse porros, y fue una idea terrible, porque hacía tiempo que no estaba tan fumado. Se me caían las lágrimas de la risa porque todo era un espectáculo. Un lituano sin cejas guapísimo le regaló a Vivien una taza, una botella de vino, unos bombones y unas botellitas de vodka al tiempo que le decía “nice to meet you”. De verdad, cuanta bondad desinteresada hay en el mundo.

Luego había una eslovaca muy maja que no paraba de hacerse Bongs, un polaco insoportable y personajes variopintos. Resulta que el chico más guapo que jamás habíamos visto en nuestra vida era de Tayikistán (sí, he buscado en Google). Yo me imaginaba a sus habitantes estilo Borat, pero resulta que no. Después viví una de las situaciones más absurdas de mi vida: dos personas contándome a la vez que eran fieramente veganas mientras comían nuggets. También fue la primera vez en mi vida que vi a una china fumar porros. Bueno, en realidad era coreana y no dejaba de decir “cooooool”. Nunca había visto a una persona despierta con los ojos tan sumamente cerrados. Descartes no habría sido capaz de discernir si estaba en sueño o en vigilia.

Otro personaje espectacular era una señora así como Tamara Gorro en versión incluso-más-choni a la que apodamos La Leona. Sus aportaciones fueron: apoyarse llorando en el marco de una puerta diciendo que solo conseguía ser graciosa cuando bebía, desmayarse sobre una pared y quedarse dormida en la puerta del baño impidiendo el paso. Por otro lado, estuvo toda la noche (antes de morir, se entiende) haciendo el paso de baile que hace Madonna en el videoclip de Hung Up, así que también recibió el sobrenombre de La Rana.

Llevaba toda la semana ocultándole a Ana que Marcelo venía el sábado, así que cuando llegó fue como un episodio de Hay una cosa que te quiero decir. Lo único que Ana estaba completamente fumada y no quedó tan romántico. Ellos se largaron a casa a repoblar el planeta y yo con los irlandeses al SaSaZu, que es una discoteca que está donde Cristo perdió el sombrero. Concretamente cogimos tres tranvías diferentes para llegar. Me lo pasé genial, pero John me invitó a un chupito de algo horrible y me tuve que pedir un gintonic para sobrellevar el drama. Y claro, vas sumando copas y la lías.

Total, que me quedé dormido en un sofá con Lucia y el puertas nos acompañó amablemente a la puerta. Vino Lulu a por nuestros tickets del ropero para darnos nuestros abrigos pero resulta que Lucia no tenía el suyo, así que nos turnamos mi Columbia para no morir de hipotermia. No sé cómo cojones conseguí encontrar el bus correcto, pero después de una hora conseguimos llegar a casa. Me comí un Big Mac con patatas y Coca Cola y le eché la chapa a Lucia hasta que el tranvía a su casa volvió a estar operativo. Me dormí y hoy me he levantado con resaca doble, así que no se cómo voy a hacer todo lo que tengo que hacer esta semana. Dame fuerza, Virgencita.

martes, 10 de diciembre de 2013

/20/


La noche del sábado teníamos una cena de grupo organizada. Albóndigas con tomate, cerdo con salsa de cereza, arroz con azafrán, vegetales y hierbajos variados y medio kilo de patatas. Todo en el mismo plato. Y gratis. A favor, claro. Además estaba bastante decente. Eso sí, se me ocurrió salir a fumarme un cigar a la terraza del restaurante sin abrigo, así que volví con escarcha en el bigote. Estando en la terraza, un suizo como de 30 años empezó a observarme con mirada humanitaria al enterarse de que yo era español.

Me preguntó cosas como si los españoles todavía podíamos comer. Le dije que en su país habían votado no en un referéndum para limitar la distancia salarial entre los ejecutivos y los trabajadores, y que yendo en ese plan acabarán con la misma desigualdad que en España. Él me respondió que es bueno fomentar la competitividad. Yo le dije que es muy fácil defender eso cuando el que menos cobra de la empresa gana 5000 euros. Me contestó que en Suiza eran muy ricos pero que se aburrían mucho, y que en España por lo menos teníamos sol (?) y éramos graciosos. Me fui.

Los irlandeses son maravillosos. Tienen todo lo bueno de los españoles pero no gritan tanto. También son espabilados como nosotros, y saben que si hay una discoteca gratis debes ir a ponerte el sello y luego pirarte a beber a la habitación del hostel. Intenté seguir su ritmo pero solo lo conseguí a medias. Primero bebí cerveza, luego compramos un cuarto de litro de vodka de sabores para cada uno y ya después un litro de vodka para cada dos. Maravilloso. Les debí echar una chapa importante sobre todo lo que se me pasó por la cabeza. Además cuando voy borracho no consigo conjugar y me enfado conmigo mismo, así que puedo estar media hora diciendo “I was, no, I were, joder, I had been…I gone…Ok, doesn’t mind”.

Os contaría qué tal era la discoteca a la que fuimos, pero no me acuerdo. Tampoco sé cómo volví al hostel. Pero sí recuerdo haber meado de madrugada en las calles de Cracovia, cuando mi pene pasó a ser un Frigopene. De todos modos me lo pasé genial. Al día siguiente me levanté de resaca y me tiré encima de la máquina de café. Pero no había. Hicimos la maleta a toda prisa y partimos hacia Auschwitz-Birkenau.

Todo el subidón del fin de semana se fue diluyendo poco a poco según me adentraba más y más en uno de los resquicios más podridos de la historia humana. No llego a entender tanta crueldad, ni siquiera partiendo del máximo odio posible. Me lo imaginaba distinto, mucho más pequeño, más vallado, más derruido. Me destruye pensar en los diciembres de aquellos prisioneros, trabajando con harapos en el paisaje polaco: llano, frío, inhóspito. Aunque al menos si sentías la nieve colándose en las entrañas era porque todavía estabas vivo. En fin, definitivamente no fue un buen colofón para el viaje.

Me subí al autobús y como me había bebido un litro de Coca-Cola no pude dormir ni un minuto de las siete tediosas horas de viaje vuelta a casa. Al llegar a Praga nos despedimos de la gente y recuerdo que me dieron ganas de quitarme el abrigo, porque después de conocer el invierno polaco, el checo se antoja tropical. Nos compramos una caja de 20 nuggets en el McDonalds, unas patatas grandes y dos coca-colas. Ana se puso a hacer un trabajo y yo a leer sobre los personajes que horas antes me habían aterrorizado en Auschwitz.

Nos acostamos como a las cinco de la mañana, y yo seguía sin poder dormir así que estuve dando vueltas en la cama, leyendo y releyendo el Twitter. A las seis y media, en ese momento en el que estás con un ojo abierto y el otro cerrado, noté que había un grupo de gente hablando y riendo al otro lado de la puerta. He de decir que nunca cerramos la puerta con llave cuando nos vamos a dormir. Y claro, como en toda historia de terror que se precie, empezaron a aporrearla. Después de 10 minutos de golpes y gritos en checo no me quedó más remedio que despertar a Ana y hacerla partícipe del drama.

Ana se despertó como en una película de David Lynch. Me preguntó si estaba despierta o dormida. Me dijo que estaba soñando que venían a robar a casa. Le dije que alguien estaba llamando a la puerta. Mientras buscaba algo de ropa para ponerme, ella abrió la puerta y gritó WHAT DO YOU WANT? Uno de los cinco skinhead le enseñó su móvil y le preguntó si conocía al tío de la foto. Ana respondió que no y cerró de un portazo. Yo me lancé a la cerradura. Tuvimos que dormir juntos. Al día siguiente Ana le preguntó a un vecino y resulta que era la mafia rusa buscando a un hombre que debía dinero. Me gustaría decir que estamos mucho más tranquilos, pero no lo tengo claro. Este país es maravilloso. 

lunes, 9 de diciembre de 2013

/19/


Tocaba visitar Cracovia y Auschwitz-Birkenau. La verdad es que Polonia es un país que nunca me ha atraído, pero como los viajes que organiza Student Zone son muy baratos y muy bien organizados, nos apuntamos. Como de costumbre, la noche antes del viaje no dormimos, haciendo trabajos para la Universidad entre cafés y porros. Eso sí, después del drama he conseguido entregar un análisis decente del programa electoral de EQUO. Quince páginas en inglés que han supuesto un step más hacia el bilingüismo pero un step menos hacia mi estabilidad mental.

Teníamos la calefacción y el agua caliente de casa estropeados, así que nos plantamos en Hlavní Nádraží congelados, sin habernos duchado y en mi caso con gafas, porque tenía conjuntivitis. Menos mal que no pretendía usar mis armas de seducción en Cracovia, porque estoy en esa etapa del año en la que te sientes extremadamente feo. Nos subimos al autobús para comenzar un apasionante viaje de 7 horas por las nevadas carreteras centroeuropeas. Llevábamos toda la semana durmiendo a ratos, así que en cuanto nos sentamos Ana se dedicó a babearme el hombro y yo a golpearme contra la ventana, despertándome cada diez minutos. 

Tras atravesar cientos de barriadas comunistas repletas de altísimos bloques de cemento gris, llegamos al centro de Cracovia, que afortunadamente es bastante más bonito. No sé dónde está mi umbral máximo de frío, pero las tormentas de nieve polacas lo han rozado de cerca. Ni siquiera fuimos capaces de terminar el tour guiado por la ciudad. Los polacos son bastante más amables y simpáticos que los checos y bastante menos agresivos que los húngaros. Tienen una iglesia por habitante (hasta siete en la misma calle) y yo pensaba que serían estilo extremismo Intereconomía, pero simplemente son como abuelas españolas que acuden a misa por inercia y ponen velas a los santos. O al menos eso me pareció a mí.

Lulu, la organizadora siberiana del viaje, nos colocó a Ana y a mí en una habitación del Kraków Hostel con cuatro irlandeses. Y llegó el día D de nuestra estancia Erasmus. Por fin tenemos amigos. O un conato de ello, vaya. Pasamos de ir a la fiesta en un tranvía porque valía seis euros y además Ana tenía que hacer un trabajo para la Universidad. Le rogué que saliésemos después a la discoteca con el resto de Erasmus porque necesitaba algo de diversión tras una semana catastrófica. Ella se negó, obviamente, pero después de que uno de los irlandeses llegase etílico y sus amigos le metiesen en la cama, aprovechamos que habían vuelto al hostel y salimos con ellos. Por cierto, John había comprado vodka de avellanas, que se bebe mezclado con leche. A mi me pareció una guarrada pero el caso es que me invitó a un par de chupitos y era como beber Baileys con sabor a Nutella. Sorprendentemente bueno.

Fue la primera vez en años que Ana se bebió dos vodkas. Yo me bebí alguno más, porque cada copa costaba unos 3 euros y medio. Aquí todo el mundo da por hecho que Ana y yo somos pareja. De hecho, Lulu nos preguntó si habíamos protagonizado esa leyenda urbana de la pareja que folló en los baños del barco de Budapest. Después de litros de vodka polaco, no sé ni cómo volví al hostel. Estuvimos hablando con Lulu hasta que Ana empezó a quedarse sobada en una silla. Cuando entramos en la habitación nos dimos cuenta de que la nieve se estaba colando por la ventana, así que dormimos juntos.

Al día siguiente llegó Marcelo con un amigo suyo de Brasil, Henrique. Dimos vueltas por la ciudad y comimos una sopa que sabía rara, como a patatas y nata agria, pero estaba buena. La cerveza polaca, también buena. De vuelta al hostel me sentí como la bolsa de plástico de American Beauty, porque el viento hacía conmigo lo que le daba la gana. Españoles que bailan y saludan como idiotas. La nieve lo cubría todo, y no sabía si estaba en la acera, en medio de la calzada o a punto de ser atropellado por un tranvía.

Era la primera vez que Marcelo veía la nieve, así que Ana y él estuvieron todo el día tirándose pelotazos en plan Love Actually. Mientras tanto, yo me dediqué a gritar que estaba lloviendo cocaína. Ellos querían tener una cena romántica y todo eso, así que le pregunté a los irlandeses si podía acoplarme con ellos para cenar y salir. Y como son encantadores, me acogieron, así que me fui a dormir la siesta. Hay cosas que nunca cambian.

martes, 19 de noviembre de 2013

/18/


La susodicha guía era muy maja, pero no conocía ningún dato sobre nada y se limitaba a contonearse, señalar cosas y tener ataques de risa. De hecho olvidó enseñarnos algunos monumentos aunque estuviesen delante de su angulosa nariz. Pese a sus intentos por boicotear Budapest, lo cierto es que creo que es la ciudad más bonita en la que he estado. A años luz de Praga. Y a varias galaxias de Madrid.

Qué maravilloso es eso de tener un enorme y caudaloso río atravesando tu ciudad y no un arroyo tóxico como el Manzanares. Eso sí, aunque Budapest es preciosa, la calidad de vida parece ser bastante peor que en Praga. Además los húngaros tienen una extraña afición por los solariums, así que caminas todo el día junto a tanoréxicas pese a que el sol no sale ni a saludar. Todos los platos que probé sabían a paprika, que viene a ser su pimentón y da igual que receta pidas que ahí está, intoxicándote. La cerveza la sirven templada y está bastante mala.

Después de cinco horas subiendo y bajando colinas, cruzando puentes y esquivando calles en obras nos daban al fin tiempo para comer. Dormí la siesta para no dejar de promocionar la Marca España y cuando desperté apareció Ana con Marcelo, su novio, que había venido de viaje express. La noche prometía ser un capítulo de Gossip Girl, navegando de noche por el Danubio con barra libre. Al final fue más un capítulo de Los Serrano, con Jesús Bonilla sirviendo champán de marca blanca y Belén Rueda vomitando por la borda. Eso sí, la cerveza era Heineken. Obviamente tuvieron que parar el barco para subir más alcohol. Yo me cogí un pedo interesante mientras fumaba en la cubierta disfrutando de un paisaje iluminado por los dioses. Budapest es más bonita de noche. Y es rematadamente bonita de noche y borracho.

Intenté montar un show tipo Chanquete pero al final nos echaron del barco y salí tambaleándome antes de que algún húngaro me llenase de cemento las Vans y me tirase al río. La idea era salir, pero Ana y Marcelo se piraron al hotel y Amanda estaba cansada. Los Erasmus son unos bordes y son lo menos friendly que te puedas echar a la cara. Así que me dediqué a darle la chapa a Amanda con lo mierda que es el universo y todas esas cosas existenciales que se reflexionan cuando vas ebrio. Al menos Amanda es del mismo país que yo y no tengo que iniciar absurdas diatribas sobre política monetaria o social cleavages in Southern Europe.

Obviamente para volver nos colamos en el tranvía, pero como el karma está obsesionado con joderme la vida, nos pilló un revisor justo en la parada que teníamos que bajarnos. Yo no tenía ninguna intención de enfrentarme a las fuerzas de seguridad húngaras, que no tienen muy buenas referencias, así que le tiré a la cara un billete de mil florines y salimos corriendo. Después me sentí mal porque podría haber corrido sin pagar. Luego pensé que mil florines son tres euros y que me hubiese salido más caro pagar todos los viajes que hice en transporte público.

Inmerso en mi depresión me dediqué a probar toda la gama de productos Milka para saciar mi drama, encarnando a una especie de Bridget Jones austrohúngara. A la mañana siguiente todos decidieron ir a las termas pero yo no tenía bañador así que me largué con Ana y Marcelo a una exposición de Robert Capa. Disfrutar de decenas de espeluznantes fotografías de la Guerra Civil no me ayudó a sentirme mejor. Pero al menos desplacé el drama hacia los republicanos. Desde luego la historia de España se ha construido siempre sobre la injusticia.

Paseamos por la ciudad, comimos y disfrutamos de los últimos momentos en una ciudad mágica. Hacia las seis de la tarde partimos de nuevo a Praga, y el viaje de autobús se me hizo insoportable. Cuando llegamos eran más o menos las doce y media, y Ana y yo nos congelamos volviendo a casa con mucho peso encima y pocas ganas de empezar una nueva semana. Praga tiene la niebla más espesa que vi jamás. Tras la caminata por Hogwarts, al fin tenía de nuevo cerca a mi querido edredón.

domingo, 17 de noviembre de 2013

/17/


Llegó el momento de girar un poco por Europa, en este caso hacia Budapest. Para los que consideráis Europa del Este todo lo que está a la derecha de Alemania, os comentaré que si lo dices por aquí se cabrean. Hungría, como República Checa, es un país centroeuropeo. Y en Europa Central todo está cerca. Solo seis largas y soporíferas horas de viaje de autobús, lo cual no está tan mal si piensas en esas familias de Bilbao que bajaban en los setenta a pasar las vacaciones en Huelva. Y sin atravesar ninguna frontera.

El autobús nos abandonó en medio de la ciudad y nos dirigimos al GoodMo Hostel, que por cierto recomiendo encarecidamente. Hicimos el check-in, deshicimos la maleta y todas esas chorradas. Después, Ana y yo huimos a pillar algo de comer porque todo el mundo había tenido la maravillosa idea de traerse un bocadillo pero, obviamente, nosotros no. Un euro son aproximadamente 300 florines húngaros, por lo que es un país en el que es fácil ser millonario. Según el tipo de cambio de hoy, solo necesitas 3352,17 euros, aunque visto el percal tampoco es tarea sencilla. El caso es que es un coñazo de moneda porque una cena te puede costar 1594 florines y acabas montando un show de monedas y billetes variopintos para pagar un puto sandwich.

Dormimos la siesta porque el día anterior no habíamos dormido gracias a un maravilloso trabajo de la universidad. A lo tonto ya era la hora de la cena, en realidad las seis o siete de la tarde, en la que nos iban a deleitar con lo que el folleto prometía: una cena gratis de especialidades húngaras. En la cruda realidad nos esperaban varios platos de plástico de lo que en España denominamos Patatas a la Riojana. El chorizo lo habían sustituido por salchichas y habían triplicado la cantidad de pimentón. Yo estaba aterrorizado porque sabían exactamente igual que las del comedor de mi colegio. Alguna señora llamada Toñi estaba detrás de la barra, estoy convencido.

El caso es que causaron furor y se acabaron enseguida, así que tuvieron que pedir 20 pizzas para alimentar a hordas de Erasmus enfurecidos (y borrachos). Ana y Amanda no tenían ganas de salir y yo estaba cansado, así que nos fuimos a dormir pronto. Durante la noche fui atacado y me levanté en pleno pánico porque pensaba que tendría que vivir la secuela de Gingerman. Pero no, eran arañas mutantes cuya picadura dolía un huevazo pero no tenían interés en invadir mi casa. No pude desayunar en el hostel porque como en mi habitación dormían otras nueve personas, había cola para la ducha. Y los franceses tardan, de media, cuarenta minutos en ducharse. Menos mal que Ana interpretó a Winona Ryder y me robó uno de los mejores donuts que me he comido en mi vida. 

La razón del madrugón era un tour gratis por la ciudad a cargo de una chavala de infinitas piernas y abrigo de pelo sintético. Empezó diciendo que era su primer día como guía, lo cual me hacía presagiar que dejaría Hungría sabiendo lo mismo del país que cuando llegué: Goulash, porno gay y una democracia derrumbándose.

jueves, 7 de noviembre de 2013

/16/


No voy a contaros nada nuevo. Confeccionar tu currículum es el paso definitivo hacia la madurez y la independencia. Por eso yo sigo sin tener uno. Y mira que mi madre insiste e insiste en que las cosas no caen del cielo y que hay que buscar para encontrar. El caso es que paso de hacerme un currículum poniendo lo maravilloso que soy y mi Bachillerato de matrícula. Total, para que me contraten en un McDonalds da igual que ponga que estudio dos carreras o que soy el presidente del club de fans de Sonia y Selena.

O incluso peor, podría optar a ser “becario” en algún medio de comunicación. Que viene a ser lo mismo que trabajar friendo hamburguesas, pero encima justifican tu mierda de “sueldo” – si es que lo tienes – porque están “formándote”. La verdad es que antes de pasarme mañanas y tardes minutando vídeos o transcribiendo noticias de agencia casi prefiero poner la cuchara-palo y hacer que la máquina de McFlurries centrifugue también mis expectativas vitales.

Me estoy yendo por las ramas, y lo que yo venía a contar era mucho más divertido. El caso es que cualquier español, a la hora de hacer su currículum, tiene rellenado de antemano uno de los apartados. Inglés nivel medio. Da igual que hayas vivido quince años en Alabama o que tu mayor contacto con la lengua de Shakespeare haya sido un verano en la verbena de tu pueblo de la Serranía de Cuenca con una guiri que nadie sabe bien como acabó allí.

El inglés de los españoles es siempre medio. Hablado, escrito y leído. Si me apuras, también puedes incluir un nivel bajo de francés (si es que estuviste en Disneyland París cuando tenías tres años), italiano (si hace dos veranos te follaste a un tal Piero que luego resulta que tenía gonorrea) o portugués (es que tengo una tía que vive en Ourense y claro, al fin y al cabo, portugueses y ourensanos, primos hermanos).

Si hay algo positivo de que estemos huyendo como ratas de España, es que nos vamos a dar cuenta al fin de que todas las chorradas que nos hemos creído durante años son mentira. En cuanto sales del país te das cuenta de que los españoles no tenemos ni idea de inglés. Ni nivel medio ni pollas en vinegar. En cuanto llegamos al extranjero nos juntamos con todos los europeos del sur, dispuestos a no entendernos y a disfrutar de nuestra complicidad mediterránea.

Me he liado un porro con el First Certificate porque es para lo que me va a servir. El otro día en clase un canadiense me dijo algo y yo le sonreí esperando que no fuese una pregunta. Pero sí, lo era. Soy un cliché. Después quedé como un borde porque un turco me preguntó algo y le contesté con una carcajada nerviosa mientras corría escaleras abajo. También le grité “good presentation” a una ucraniana sexy y huí porque tenía miedo de que me preguntara que era lo que más me había gustado.

En realidad me encanta dramatizar. No tengo ni puta idea de inglés pero tengo mucha gracia. Coño, que soy español. No entiendo nada de lo que me dicen pero pensaba que estaría acojonado con caer bien y no quedar mal. En realidad estoy haciendo lo que me sale del cucumber, así que aunque esté aprendiendo más checo que inglés, estoy contento. Además, estoy enriqueciendo la lengua inglesa con cientos de neologismos y palabras traducidas literalmente del español ante la perplejidad de Amanda.

Soy como Belén Esteban pero sin dinero para cocaína. Supongo que cuanto más me quede por estos parajes, más mejorará mi inglés. Por ahora, prefiero seguir levantándome cada mañana de resaca con mi relaxing cup of café con leche y preguntándome si estoy en el sitio adecuado, frente a la puerta correcta. Y cada mañana mi conciencia me recuerda: if, if, between, between.

viernes, 1 de noviembre de 2013

/15/


Confieso que me apetecía mucho hacer este capítulo porque es apasionante mostraros mi nueva faceta. Soy toda una señora. Por fin entiendo qué es eso de comparar precios en el supermercado, pesar frutas y verduras y preguntar a las reponedoras dónde está el azúcar para que me respondan “cariñet, en el segundo pasillo”. Eso sí, todo eso en checo. Así que sigo buscando el azúcar.

Básicamente aquí hay tres cadenas de supermercados importantes: Billa, Tesco y Albert. Nosotros vamos a Billa porque es el más barato, el más grande y el que mejor marca blanca tiene (Clever). Los productos de primera necesidad en el supermercado son muy baratos, aunque la cuenta final suba un poco por esos caprichos de Bridget Jones que metemos en el carrito.

Ir con Ana a la compra puede ser un coñazo, especialmente cuando llegas a la sección de panes. Somos como una pareja de recién casados. Yo espero con el carro en una esquina intentando no obstaculizar el paso a las ancianas mientras ella pasa unos veinte minutos cogiendo y dejando panes. Mientras tanto yo tengo que buscar en el traductor si el pan es integral o blanco, de trigo o de centeno. Por cosas como ésta es por las que invertimos toda la tarde cada vez que vamos al supermercado.

La verdura y la fruta son muy frescas, y puedes comprar naranjas, pimientos, ajos o tomates españoles mejores y más baratos que en nuestro propio país, cosa que no entiendo. Para que os hagáis una idea, estoy empezando a comer tomate porque aquí está realmente bueno. La carne es excelente, pero no hay ternera, solo cerdo y pollo. Y cientos de tipos de salchichas, pero todas están malísimas. Si eres adicto al queso, aquí es difícil desintoxicarte, porque tienen de todos los tipos habidos y por haber, incluidos quesos españoles.

El pescado no existe, porque el mar más cercano debe estar a 2000 km. Puedes conseguir pescados de río rollo trucha, suele haber salmón pero es caro y luego tienes un par de estantes de pescado congelado. Pero me juré a mi mismo que no comería Abadejo de Alaska, Panga o varitas de merluza. Venden atún Calvo y millones de conservas Isabel en los supermercados. El aceite de oliva suele ser griego. Y carísimo. Un cuarto de litro nos costó cuatro euros. Ahora hemos comprado medio litro de aceite de Tarragona por seis pavazos, pero está bastante decente.

Lo que más echo de menos es el tomate frito, que no existe, y sobre todo las legumbres. Lo del tomate lo he solucionado comprando una salsa preparada de importación italiana que es tan ácida que hay que echarle medio kilo de azúcar, aunque sabe bastante bien. Pero lo de las legumbres sigo sin solucionarlo. En serio, necesito un cocido de mi madre, unas lentejas con chorizo o una fabada. El otro día compré Baked Beans porque quería sentirme como un vagabundo de Leeds, pero fueron directas al WC. ¿En serio los ingleses desayunan eso? ¿No me estáis vacilando?

Hay productos como las sopas de sobre, las especias o los yogures que vienen en envases individuales. Aquí el concepto Hacendado “pack indivisible de tres” lo tienen muy superado. Tampoco son muy fans de los conservantes, y tienes que estar atento a todo lo que tienes en la nevera porque por ejemplo los yogures caducan dos días después de la compra y la carne más de lo mismo. Compramos un café que se llama Paloma porque echo de menos a mi hermana.

Aquí debe estar de moda el concepto Viva México Cabrones, porque hay una sección dedicada únicamente a comprar todo lo que necesitas para hacer mexican party, con la consiguiente diarrea del día siguiente. También tienen como tres mil tipos de noodles y billones de salsas. El otro día un checo me dijo que aquí los macarrones se comen con ketchup. Yo hay cosas que no entiendo, de verdad.

Ah bueno, y después de que mi madre me diese el coñazo pasándome ciento cincuenta recetas en las que el vino blanco era IMPRESCINDIBLE, compramos también un tetrabrick estilo Cumbre de Gredos. Eso sí, también me intentó convencer de que tenía que comprar Brandy, pero no estamos en Cuéntame. Y además acabaría bebiéndomelo un martes por la noche.