lunes, 9 de diciembre de 2013

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Tocaba visitar Cracovia y Auschwitz-Birkenau. La verdad es que Polonia es un país que nunca me ha atraído, pero como los viajes que organiza Student Zone son muy baratos y muy bien organizados, nos apuntamos. Como de costumbre, la noche antes del viaje no dormimos, haciendo trabajos para la Universidad entre cafés y porros. Eso sí, después del drama he conseguido entregar un análisis decente del programa electoral de EQUO. Quince páginas en inglés que han supuesto un step más hacia el bilingüismo pero un step menos hacia mi estabilidad mental.

Teníamos la calefacción y el agua caliente de casa estropeados, así que nos plantamos en Hlavní Nádraží congelados, sin habernos duchado y en mi caso con gafas, porque tenía conjuntivitis. Menos mal que no pretendía usar mis armas de seducción en Cracovia, porque estoy en esa etapa del año en la que te sientes extremadamente feo. Nos subimos al autobús para comenzar un apasionante viaje de 7 horas por las nevadas carreteras centroeuropeas. Llevábamos toda la semana durmiendo a ratos, así que en cuanto nos sentamos Ana se dedicó a babearme el hombro y yo a golpearme contra la ventana, despertándome cada diez minutos. 

Tras atravesar cientos de barriadas comunistas repletas de altísimos bloques de cemento gris, llegamos al centro de Cracovia, que afortunadamente es bastante más bonito. No sé dónde está mi umbral máximo de frío, pero las tormentas de nieve polacas lo han rozado de cerca. Ni siquiera fuimos capaces de terminar el tour guiado por la ciudad. Los polacos son bastante más amables y simpáticos que los checos y bastante menos agresivos que los húngaros. Tienen una iglesia por habitante (hasta siete en la misma calle) y yo pensaba que serían estilo extremismo Intereconomía, pero simplemente son como abuelas españolas que acuden a misa por inercia y ponen velas a los santos. O al menos eso me pareció a mí.

Lulu, la organizadora siberiana del viaje, nos colocó a Ana y a mí en una habitación del Kraków Hostel con cuatro irlandeses. Y llegó el día D de nuestra estancia Erasmus. Por fin tenemos amigos. O un conato de ello, vaya. Pasamos de ir a la fiesta en un tranvía porque valía seis euros y además Ana tenía que hacer un trabajo para la Universidad. Le rogué que saliésemos después a la discoteca con el resto de Erasmus porque necesitaba algo de diversión tras una semana catastrófica. Ella se negó, obviamente, pero después de que uno de los irlandeses llegase etílico y sus amigos le metiesen en la cama, aprovechamos que habían vuelto al hostel y salimos con ellos. Por cierto, John había comprado vodka de avellanas, que se bebe mezclado con leche. A mi me pareció una guarrada pero el caso es que me invitó a un par de chupitos y era como beber Baileys con sabor a Nutella. Sorprendentemente bueno.

Fue la primera vez en años que Ana se bebió dos vodkas. Yo me bebí alguno más, porque cada copa costaba unos 3 euros y medio. Aquí todo el mundo da por hecho que Ana y yo somos pareja. De hecho, Lulu nos preguntó si habíamos protagonizado esa leyenda urbana de la pareja que folló en los baños del barco de Budapest. Después de litros de vodka polaco, no sé ni cómo volví al hostel. Estuvimos hablando con Lulu hasta que Ana empezó a quedarse sobada en una silla. Cuando entramos en la habitación nos dimos cuenta de que la nieve se estaba colando por la ventana, así que dormimos juntos.

Al día siguiente llegó Marcelo con un amigo suyo de Brasil, Henrique. Dimos vueltas por la ciudad y comimos una sopa que sabía rara, como a patatas y nata agria, pero estaba buena. La cerveza polaca, también buena. De vuelta al hostel me sentí como la bolsa de plástico de American Beauty, porque el viento hacía conmigo lo que le daba la gana. Españoles que bailan y saludan como idiotas. La nieve lo cubría todo, y no sabía si estaba en la acera, en medio de la calzada o a punto de ser atropellado por un tranvía.

Era la primera vez que Marcelo veía la nieve, así que Ana y él estuvieron todo el día tirándose pelotazos en plan Love Actually. Mientras tanto, yo me dediqué a gritar que estaba lloviendo cocaína. Ellos querían tener una cena romántica y todo eso, así que le pregunté a los irlandeses si podía acoplarme con ellos para cenar y salir. Y como son encantadores, me acogieron, así que me fui a dormir la siesta. Hay cosas que nunca cambian.

martes, 19 de noviembre de 2013

/18/


La susodicha guía era muy maja, pero no conocía ningún dato sobre nada y se limitaba a contonearse, señalar cosas y tener ataques de risa. De hecho olvidó enseñarnos algunos monumentos aunque estuviesen delante de su angulosa nariz. Pese a sus intentos por boicotear Budapest, lo cierto es que creo que es la ciudad más bonita en la que he estado. A años luz de Praga. Y a varias galaxias de Madrid.

Qué maravilloso es eso de tener un enorme y caudaloso río atravesando tu ciudad y no un arroyo tóxico como el Manzanares. Eso sí, aunque Budapest es preciosa, la calidad de vida parece ser bastante peor que en Praga. Además los húngaros tienen una extraña afición por los solariums, así que caminas todo el día junto a tanoréxicas pese a que el sol no sale ni a saludar. Todos los platos que probé sabían a paprika, que viene a ser su pimentón y da igual que receta pidas que ahí está, intoxicándote. La cerveza la sirven templada y está bastante mala.

Después de cinco horas subiendo y bajando colinas, cruzando puentes y esquivando calles en obras nos daban al fin tiempo para comer. Dormí la siesta para no dejar de promocionar la Marca España y cuando desperté apareció Ana con Marcelo, su novio, que había venido de viaje express. La noche prometía ser un capítulo de Gossip Girl, navegando de noche por el Danubio con barra libre. Al final fue más un capítulo de Los Serrano, con Jesús Bonilla sirviendo champán de marca blanca y Belén Rueda vomitando por la borda. Eso sí, la cerveza era Heineken. Obviamente tuvieron que parar el barco para subir más alcohol. Yo me cogí un pedo interesante mientras fumaba en la cubierta disfrutando de un paisaje iluminado por los dioses. Budapest es más bonita de noche. Y es rematadamente bonita de noche y borracho.

Intenté montar un show tipo Chanquete pero al final nos echaron del barco y salí tambaleándome antes de que algún húngaro me llenase de cemento las Vans y me tirase al río. La idea era salir, pero Ana y Marcelo se piraron al hotel y Amanda estaba cansada. Los Erasmus son unos bordes y son lo menos friendly que te puedas echar a la cara. Así que me dediqué a darle la chapa a Amanda con lo mierda que es el universo y todas esas cosas existenciales que se reflexionan cuando vas ebrio. Al menos Amanda es del mismo país que yo y no tengo que iniciar absurdas diatribas sobre política monetaria o social cleavages in Southern Europe.

Obviamente para volver nos colamos en el tranvía, pero como el karma está obsesionado con joderme la vida, nos pilló un revisor justo en la parada que teníamos que bajarnos. Yo no tenía ninguna intención de enfrentarme a las fuerzas de seguridad húngaras, que no tienen muy buenas referencias, así que le tiré a la cara un billete de mil florines y salimos corriendo. Después me sentí mal porque podría haber corrido sin pagar. Luego pensé que mil florines son tres euros y que me hubiese salido más caro pagar todos los viajes que hice en transporte público.

Inmerso en mi depresión me dediqué a probar toda la gama de productos Milka para saciar mi drama, encarnando a una especie de Bridget Jones austrohúngara. A la mañana siguiente todos decidieron ir a las termas pero yo no tenía bañador así que me largué con Ana y Marcelo a una exposición de Robert Capa. Disfrutar de decenas de espeluznantes fotografías de la Guerra Civil no me ayudó a sentirme mejor. Pero al menos desplacé el drama hacia los republicanos. Desde luego la historia de España se ha construido siempre sobre la injusticia.

Paseamos por la ciudad, comimos y disfrutamos de los últimos momentos en una ciudad mágica. Hacia las seis de la tarde partimos de nuevo a Praga, y el viaje de autobús se me hizo insoportable. Cuando llegamos eran más o menos las doce y media, y Ana y yo nos congelamos volviendo a casa con mucho peso encima y pocas ganas de empezar una nueva semana. Praga tiene la niebla más espesa que vi jamás. Tras la caminata por Hogwarts, al fin tenía de nuevo cerca a mi querido edredón.

domingo, 17 de noviembre de 2013

/17/


Llegó el momento de girar un poco por Europa, en este caso hacia Budapest. Para los que consideráis Europa del Este todo lo que está a la derecha de Alemania, os comentaré que si lo dices por aquí se cabrean. Hungría, como República Checa, es un país centroeuropeo. Y en Europa Central todo está cerca. Solo seis largas y soporíferas horas de viaje de autobús, lo cual no está tan mal si piensas en esas familias de Bilbao que bajaban en los setenta a pasar las vacaciones en Huelva. Y sin atravesar ninguna frontera.

El autobús nos abandonó en medio de la ciudad y nos dirigimos al GoodMo Hostel, que por cierto recomiendo encarecidamente. Hicimos el check-in, deshicimos la maleta y todas esas chorradas. Después, Ana y yo huimos a pillar algo de comer porque todo el mundo había tenido la maravillosa idea de traerse un bocadillo pero, obviamente, nosotros no. Un euro son aproximadamente 300 florines húngaros, por lo que es un país en el que es fácil ser millonario. Según el tipo de cambio de hoy, solo necesitas 3352,17 euros, aunque visto el percal tampoco es tarea sencilla. El caso es que es un coñazo de moneda porque una cena te puede costar 1594 florines y acabas montando un show de monedas y billetes variopintos para pagar un puto sandwich.

Dormimos la siesta porque el día anterior no habíamos dormido gracias a un maravilloso trabajo de la universidad. A lo tonto ya era la hora de la cena, en realidad las seis o siete de la tarde, en la que nos iban a deleitar con lo que el folleto prometía: una cena gratis de especialidades húngaras. En la cruda realidad nos esperaban varios platos de plástico de lo que en España denominamos Patatas a la Riojana. El chorizo lo habían sustituido por salchichas y habían triplicado la cantidad de pimentón. Yo estaba aterrorizado porque sabían exactamente igual que las del comedor de mi colegio. Alguna señora llamada Toñi estaba detrás de la barra, estoy convencido.

El caso es que causaron furor y se acabaron enseguida, así que tuvieron que pedir 20 pizzas para alimentar a hordas de Erasmus enfurecidos (y borrachos). Ana y Amanda no tenían ganas de salir y yo estaba cansado, así que nos fuimos a dormir pronto. Durante la noche fui atacado y me levanté en pleno pánico porque pensaba que tendría que vivir la secuela de Gingerman. Pero no, eran arañas mutantes cuya picadura dolía un huevazo pero no tenían interés en invadir mi casa. No pude desayunar en el hostel porque como en mi habitación dormían otras nueve personas, había cola para la ducha. Y los franceses tardan, de media, cuarenta minutos en ducharse. Menos mal que Ana interpretó a Winona Ryder y me robó uno de los mejores donuts que me he comido en mi vida. 

La razón del madrugón era un tour gratis por la ciudad a cargo de una chavala de infinitas piernas y abrigo de pelo sintético. Empezó diciendo que era su primer día como guía, lo cual me hacía presagiar que dejaría Hungría sabiendo lo mismo del país que cuando llegué: Goulash, porno gay y una democracia derrumbándose.

jueves, 7 de noviembre de 2013

/16/


No voy a contaros nada nuevo. Confeccionar tu currículum es el paso definitivo hacia la madurez y la independencia. Por eso yo sigo sin tener uno. Y mira que mi madre insiste e insiste en que las cosas no caen del cielo y que hay que buscar para encontrar. El caso es que paso de hacerme un currículum poniendo lo maravilloso que soy y mi Bachillerato de matrícula. Total, para que me contraten en un McDonalds da igual que ponga que estudio dos carreras o que soy el presidente del club de fans de Sonia y Selena.

O incluso peor, podría optar a ser “becario” en algún medio de comunicación. Que viene a ser lo mismo que trabajar friendo hamburguesas, pero encima justifican tu mierda de “sueldo” – si es que lo tienes – porque están “formándote”. La verdad es que antes de pasarme mañanas y tardes minutando vídeos o transcribiendo noticias de agencia casi prefiero poner la cuchara-palo y hacer que la máquina de McFlurries centrifugue también mis expectativas vitales.

Me estoy yendo por las ramas, y lo que yo venía a contar era mucho más divertido. El caso es que cualquier español, a la hora de hacer su currículum, tiene rellenado de antemano uno de los apartados. Inglés nivel medio. Da igual que hayas vivido quince años en Alabama o que tu mayor contacto con la lengua de Shakespeare haya sido un verano en la verbena de tu pueblo de la Serranía de Cuenca con una guiri que nadie sabe bien como acabó allí.

El inglés de los españoles es siempre medio. Hablado, escrito y leído. Si me apuras, también puedes incluir un nivel bajo de francés (si es que estuviste en Disneyland París cuando tenías tres años), italiano (si hace dos veranos te follaste a un tal Piero que luego resulta que tenía gonorrea) o portugués (es que tengo una tía que vive en Ourense y claro, al fin y al cabo, portugueses y ourensanos, primos hermanos).

Si hay algo positivo de que estemos huyendo como ratas de España, es que nos vamos a dar cuenta al fin de que todas las chorradas que nos hemos creído durante años son mentira. En cuanto sales del país te das cuenta de que los españoles no tenemos ni idea de inglés. Ni nivel medio ni pollas en vinegar. En cuanto llegamos al extranjero nos juntamos con todos los europeos del sur, dispuestos a no entendernos y a disfrutar de nuestra complicidad mediterránea.

Me he liado un porro con el First Certificate porque es para lo que me va a servir. El otro día en clase un canadiense me dijo algo y yo le sonreí esperando que no fuese una pregunta. Pero sí, lo era. Soy un cliché. Después quedé como un borde porque un turco me preguntó algo y le contesté con una carcajada nerviosa mientras corría escaleras abajo. También le grité “good presentation” a una ucraniana sexy y huí porque tenía miedo de que me preguntara que era lo que más me había gustado.

En realidad me encanta dramatizar. No tengo ni puta idea de inglés pero tengo mucha gracia. Coño, que soy español. No entiendo nada de lo que me dicen pero pensaba que estaría acojonado con caer bien y no quedar mal. En realidad estoy haciendo lo que me sale del cucumber, así que aunque esté aprendiendo más checo que inglés, estoy contento. Además, estoy enriqueciendo la lengua inglesa con cientos de neologismos y palabras traducidas literalmente del español ante la perplejidad de Amanda.

Soy como Belén Esteban pero sin dinero para cocaína. Supongo que cuanto más me quede por estos parajes, más mejorará mi inglés. Por ahora, prefiero seguir levantándome cada mañana de resaca con mi relaxing cup of café con leche y preguntándome si estoy en el sitio adecuado, frente a la puerta correcta. Y cada mañana mi conciencia me recuerda: if, if, between, between.

viernes, 1 de noviembre de 2013

/15/


Confieso que me apetecía mucho hacer este capítulo porque es apasionante mostraros mi nueva faceta. Soy toda una señora. Por fin entiendo qué es eso de comparar precios en el supermercado, pesar frutas y verduras y preguntar a las reponedoras dónde está el azúcar para que me respondan “cariñet, en el segundo pasillo”. Eso sí, todo eso en checo. Así que sigo buscando el azúcar.

Básicamente aquí hay tres cadenas de supermercados importantes: Billa, Tesco y Albert. Nosotros vamos a Billa porque es el más barato, el más grande y el que mejor marca blanca tiene (Clever). Los productos de primera necesidad en el supermercado son muy baratos, aunque la cuenta final suba un poco por esos caprichos de Bridget Jones que metemos en el carrito.

Ir con Ana a la compra puede ser un coñazo, especialmente cuando llegas a la sección de panes. Somos como una pareja de recién casados. Yo espero con el carro en una esquina intentando no obstaculizar el paso a las ancianas mientras ella pasa unos veinte minutos cogiendo y dejando panes. Mientras tanto yo tengo que buscar en el traductor si el pan es integral o blanco, de trigo o de centeno. Por cosas como ésta es por las que invertimos toda la tarde cada vez que vamos al supermercado.

La verdura y la fruta son muy frescas, y puedes comprar naranjas, pimientos, ajos o tomates españoles mejores y más baratos que en nuestro propio país, cosa que no entiendo. Para que os hagáis una idea, estoy empezando a comer tomate porque aquí está realmente bueno. La carne es excelente, pero no hay ternera, solo cerdo y pollo. Y cientos de tipos de salchichas, pero todas están malísimas. Si eres adicto al queso, aquí es difícil desintoxicarte, porque tienen de todos los tipos habidos y por haber, incluidos quesos españoles.

El pescado no existe, porque el mar más cercano debe estar a 2000 km. Puedes conseguir pescados de río rollo trucha, suele haber salmón pero es caro y luego tienes un par de estantes de pescado congelado. Pero me juré a mi mismo que no comería Abadejo de Alaska, Panga o varitas de merluza. Venden atún Calvo y millones de conservas Isabel en los supermercados. El aceite de oliva suele ser griego. Y carísimo. Un cuarto de litro nos costó cuatro euros. Ahora hemos comprado medio litro de aceite de Tarragona por seis pavazos, pero está bastante decente.

Lo que más echo de menos es el tomate frito, que no existe, y sobre todo las legumbres. Lo del tomate lo he solucionado comprando una salsa preparada de importación italiana que es tan ácida que hay que echarle medio kilo de azúcar, aunque sabe bastante bien. Pero lo de las legumbres sigo sin solucionarlo. En serio, necesito un cocido de mi madre, unas lentejas con chorizo o una fabada. El otro día compré Baked Beans porque quería sentirme como un vagabundo de Leeds, pero fueron directas al WC. ¿En serio los ingleses desayunan eso? ¿No me estáis vacilando?

Hay productos como las sopas de sobre, las especias o los yogures que vienen en envases individuales. Aquí el concepto Hacendado “pack indivisible de tres” lo tienen muy superado. Tampoco son muy fans de los conservantes, y tienes que estar atento a todo lo que tienes en la nevera porque por ejemplo los yogures caducan dos días después de la compra y la carne más de lo mismo. Compramos un café que se llama Paloma porque echo de menos a mi hermana.

Aquí debe estar de moda el concepto Viva México Cabrones, porque hay una sección dedicada únicamente a comprar todo lo que necesitas para hacer mexican party, con la consiguiente diarrea del día siguiente. También tienen como tres mil tipos de noodles y billones de salsas. El otro día un checo me dijo que aquí los macarrones se comen con ketchup. Yo hay cosas que no entiendo, de verdad.

Ah bueno, y después de que mi madre me diese el coñazo pasándome ciento cincuenta recetas en las que el vino blanco era IMPRESCINDIBLE, compramos también un tetrabrick estilo Cumbre de Gredos. Eso sí, también me intentó convencer de que tenía que comprar Brandy, pero no estamos en Cuéntame. Y además acabaría bebiéndomelo un martes por la noche. 

lunes, 28 de octubre de 2013

/14/


Bueno que se me va de las manos y todavía no os he contado nada sobre la Universidad, que se supone que es a lo que he venido. O al menos lo que le he contado a mi coordinadora. Se acabó tener que madrugar toda la semana y atender a clases de tres horas. Cuanto más desarrollada es la educación de un país, menos vas a clase, eso es así. De hecho, la Karlova V Praze está entre las 100 mejores universidades del mundo. Tengo clase de lunes a miércoles, cinco asignaturas, en dos facultades distintas, Hollar (que está en el centro) y Jinonice (que está en Mordor):

Los lunes a las 14:00 voy con Amanda a Global Ethnographies, que es una asignatura de máster que todavía no sabemos de qué va. La profesora es húngara, muy maja, pero cada semana nos manda leer 200 páginas en inglés sobre temas tan apasionantes como la reforma agraria de Napoleón, el fracaso de la Tercera Vía de Blair o la compresión espacio-tiempo provocada por la Globalización. Comentarios semanales. Participación en clase. Trabajo final de 35 páginas. No sé cómo voy a aprobar esta asignatura.

Los martes a las 9:30 tengo European Comparative Politics and Society, que es mi asignatura soñada. Los que me conocen saben que ADORO comparar países entre sí. Y encima como somos 80 personas cada uno de un lugar del mundo, pues es como la ONU pero sin que me paguen por opinar. Me encanta hacer comentarios incendiarios en un inglés bananero, defender la independencia del País Vasco o decir que España no es una democracia. Y encima nadie se sorprende. Qué maravilla. Hay que leer muchos textos, hacer un trabajo y un examen final.

Después vuelvo a casa y una vez cada dos semanas tengo Contemporary American Cinema por las tardes con Ana y Amanda. Ves una película en tu casa, te lees un par de textos, ves una película en clase, se monta un debate y entregas dos ensayos durante el cuatrimestre. No parece muy exigente, pero la verdad es que cuando tienes que entregar trabajos en inglés de unas cuantas páginas, casi prefieres que te hagan un examen. El profesor es Michael Moore y no entiendo absolutamente nada de lo que dice porque es americano y habla inglés nativo.

Los miércoles a las 12:00 tenemos Media and Society, que consiste en llevar comentada una noticia sobre los medios cada semana y hacer un trabajo final, que Ana y yo lo hacemos con dos checas sexys con las que todavía no hemos hablado. El profesor bebe ginebra antes de entrar a clase y se dedica a hacer discursos mientras apaga y enciende el aire acondicionado. No es muy complicada pero a veces se generan debates interesantes.

Por último, después tengo Intercultural Communication Management, que básicamente es hacer performances como si estuviésemos en un episodio de Supernanny. Nada más entrar el primer día la profesora nos repartió unos papelitos. Cada uno éramos un país del mundo y teníamos que saludar a todo el mundo tal y como lo hacen allí. Durante las siguientes tres clases cada grupo de alumnos presentó su país y luego el resto preguntábamos. Muy divertido, y aprendí muchas cosas de países de los que no tenía ni idea. Además la presentación de España causó furor, porque a los europeos les parecemos graciosos aunque estemos contando dramones del Guernica y la Guerra Civil. La profesora actúa como Lourditas de Los Serrano y se asusta cuando alguien estornuda.

Como veis, todas las asignaturas están intrínsecamente relacionadas con el Periodismo y la Comunicación Audiovisual. Sinceramente, ojalá la UC3M se dé cuenta de que no tiene ningún sentido un plan cerrado de cinco años, porque al menos aquí puedo coger asignaturas con las que estoy aprendiendo y de temas que me interesan más que volver a dar Periodismo en la Red. No he faltado ni un día a clase y suelo leer todos los textos, así que creo que es compatible tomarse un poco en serio las cosas con un pedo continuo de miércoles a domingo.

sábado, 19 de octubre de 2013

/13/


Deberíais amarme. Comprendo que haya cientos de blogs en el mundo en los que la gente cuenta sus experiencias Erasmus con un Excel al lado, informando de cuánto cuesta el metro, el precio medio de la barra de pan o qué monumentos debéis visitar. Las guías de viajes ya cubren esa avidez informativa. Me gustan los datos, pero también me gusta la ginebra, y si puedo inundar mis vivencias, las inundo. Es extraño que nadie os cuente la percepción que tiene de un país nuevo, de un modo de vida que no se parece, ni de lejos, al que acostumbraba tener y de los claroscuros que tiene esto de vivir lejos de mamá.

Praga es una ciudad bellísima, de eso no cabe duda. Pero también es una ciudad repleta de contrastes. Yo diría que el 90% de la población tiene un Skoda Octavia, así que presupongo que respetan y apoyan al adalid de su industria. Pero también hay un 5% de ciudadanos que tienen magníficos Porsche, BMW relucientes o brillantes Ferrari que miran hacia los vagabundos y les roban la poca dignidad que les queda. También hay otro sector poblacional que llena de humo tóxico la ciudad y conduce coches de la época comunista, con chatarra en los asientos de atrás y el óxido carcomiendo la carrocería.

Soy un ignorante, así que no se si en otros países se puede palpar tan fácilmente la desigualdad, pero es llamativo descubrir que aquí la ciudadanía está separada por abismos insondables. De hecho, el otro día leí que República Checa es el país líder en consumo de metanfetamina. En Praga, si escoges la ruta incorrecta y acabas debajo de un puente o en una calle poco transitada, es normal ver a gente fumando crack. Y no seré yo el que demonice las drogas, desde luego, pero cuando te enfrentas a esa realidad de frente, te das cuenta de que quizá esas personas hubieran tenido vidas diferentes si papá Estado tuviese unos programas de reinserción más eficientes.

Creo firmemente que Europa ha sido siempre el estandarte del Estado del Bienestar y de la sociedad solidaria, la que no mira a otro lado y prefiere tender la mano antes que esposar la mano del que pide ayuda. Pero cuando ves que una persona baja del tranvía con una brecha en la cabeza y sangre cayendo por su cara, y te das cuenta de que el resto de los viandantes continúan su caminata sin girar la cara, te empiezas a preguntar dónde queda todo eso del Bienestar.

Cierto es que esta ciudad minimiza al máximo lo que en España consideramos agravios comparativos. Hasta el más pobre puede salir a cenar o a tomar una cerveza. El abono transporte para tres meses me ha costado 700 coronas, unos 30 euros, menos de lo que pagaba en Madrid por un mes. Las discotecas o bien son gratis o cuestan máximo unos 4 euros. Es fácil ser feliz aquí, al menos si lo comparas con las familias españolas echando cuentas y considerando el McDonalds como un lujo para satisfacer a los chavales.

Perdonad que me ponga reivindicativo, pero es que justo antes de venir leí un artículo en el que un economista sugería que España debía bajarse de la parra y empezar a competir con los países que realmente están a su altura, como Polonia y República Checa. Recuerdo que me sentó mal, y que pensé que debíamos pelear contra los líderes, Alemania o Francia. No entendía por qué nos comparaban con países tercermundistas. Ahora sé que la sociedad checa le da mil vueltas a la española en decenas de asuntos.

Para que os hagáis una idea, la semana que viene hay elecciones al Parlamento. El partido que estaba gobernando con mayoría absoluta ahora tiene poco más del 6% de apoyo en las encuestas. La tolerancia con la corrupción es nula, están muy quemados desde la caída del comunismo. Y sí, aún con mayoría absoluta, aquí el presidente dimitió. No fue por financiación ilegal, sino porque su secretaria, y amante, utilizó los servicios secretos del país para espiar a su mujer. Si el Caso Bárcenas estallase aquí, el Parlamento estaría ardiendo.

Esa es solo una de las múltiples razones por las que cada día me levanto y pienso que preferiría no volver jamás al país que me vio nacer y que espero que no me vea morir. Aunque sí espero que me vea crecer, al menos un tiempo, porque te das cuenta de que cuando estás fuera, dedicas gran parte de tu tiempo a añorar todas las cosas que has dejado atrás.

Echo de menos a mis amigos, a mi familia, y me doy cuenta de que son mucho más necesarios de lo que creía y de que me gustaría meterles a todos en un avión para que paseasen conmigo por las pedregosas aceras. Y compartir historias cervezas mediante. Porque esa es otra de las razones por las que me quiero quedar. Aquí las cañas son de medio litro.