martes, 8 de octubre de 2013

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Ana y yo ya llevábamos unos días viviendo en Praga, disfrutando de sus monumentos, de nuestro maravilloso hostel y de lo fácil que es comer y beber bien por menos de cinco euros. Pero de repente nos vimos sumidos en un nuevo drama. Teníamos que ir a la policía para registrarnos como ciudadanos checos. Yo pensaba que con ser europeo valía para hacer lo que te saliese de los huevos, pero no, tienes que decirle a las autoridades de la República Checa: “eh tíos, estoy por aquí, si cometo un crimen ya sabéis dónde estoy”.

Lo primero que necesitábamos era un par de fotos de carnet. Concluí que si en Madrid había fotomatones en todas las estaciones de metro, en Praga pasaría igual. Y no me equivoqué. El problema es que el software del fotomatón estaba en checo, así que Ana en vez de imprimir cuatro fotos de carnet se llevó a casa dieciséis pegatinas con su cara. Que están muy bien para hacer un escrache, pero para la policía no tienen validez. Así que ocupamos el fotomatón unos 20 minutos hasta que conseguimos fotos de carnet, y cuando salimos había cientos de señoras checas insultándonos. Escapamos.

El caso, nos teníamos que registrar. Y no parecía complicado. Al menos la oficina de inmigración estaba en Praha 3, así que podíamos ir dando un paseo. Lo que no habíamos tenido en cuenta es que de Praha 1 a Praha 3 hay un trayecto equivalente a la ascensión al Everest. Una cuesta arriba interminable que nos costó casi una hora y media superar. De repente toda la ciudad burguesa y austrohúngara se convertía en un centenar de bloques de la época comunista. Edificios grises, con bragas y fajas colgando de los tendederos. Esa parte de Praga que no sale en los folletos turísticos.

Caminamos más allá de la Žižkov Television Tower, que viene a ser el Pirulí de Praga. Es divertido, porque hay esculturas de bebés escalando la torre. Le hice una foto y seguimos nuestro camino. De repente nos vimos en los suburbios, y gracias a mis conocimientos de checo, que básicamente consisten en conocer la diferencia entre náměstí (plaza) y ulice (calle), un checo consiguió entendernos y acompañarnos hasta la puerta de la oficina de inmigración. Para que luego digan que no son amables.

Cuando llegamos, una vez más la estampa típica de la República Checa. Un edificio comunista con pantallas de plasma y máquinas expendedoras. Rellenamos varios documentos y nos dispusimos a esperar solo un par de horitas hasta que nos atendiesen. Jugamos al Fruit Ninja porque Ana estaba enganchada, pero yo no tenía claro si era oportuno sacar un iPad con una pegatina a favor de la legalización de la marihuana en una comisaría. Al final no tuvimos problema con eso.

Llegó el momento. Cuando crees que las instituciones españolas son lo peor que puede existir sobre la faz de la tierra y que nuestros funcionarios rozan la incapacidad mental, descubres que en República Checa todo funciona aún peor. No entiendo cual es la motivación de poner a policías que no saben ni decir hola en inglés para gestionar visados y permisos de residencia. Una señora obesa era la única fuente de comunicación entre el mundo exterior y las instituciones checas.

Descubres policías que esbozan una ligera e irónica sonrisa cuando ven que eres español y deciden mandarte amablemente de nuevo a la cola al grito de “NOT ENGLISH, NOT ENGLISH”. Ante la amenaza de tener que volver al día siguiente, Ana montó drama en la comisaría y al final acabamos rellenando los papeles con datos falsos con el propósito de no volver nunca a esa inhóspita comisaría en medio de la nada.

Para todos los que creen que se abre un mundo de oportunidades fuera de España, os diré que os van a tratar como una mierda incluso en países en los que creías que no existía odio hacia los españoles. No nos vamos de nuestro país para mejorar nuestro inglés ni completar nuestra excelsa formación. Nos vamos porque no hay trabajo. Y los de fuera lo saben.

Al final conseguimos regularizar nuestra estancia en Praga, con más dificultades de las que imaginábamos. Lo primero que hicimos al salir de la comisaría fue fumarnos un cigarro con la satisfacción del que se ha quitado un peso de encima y tiene un documento menos que rellenar.

Nos encaminamos de nuevo al hostel. Al menos ahora el camino era cuesta abajo.

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