domingo, 15 de diciembre de 2013

/21/


Estoy un poco agobiado porque se me echa encima la semana de exámenes y trabajos finales y no ando muy motivado. Tampoco es que los exámenes sean especialmente difíciles, pero tengo cero ganas de ser productivo, así que este fin de semana hemos decidido recuperar la juventud y la vitalidad. El viernes celebramos un cliché, la Spanish Party, ese engendro culinario que organizan todos los españoles de Erasmus para dejar flipaos a los extranjeros con cuatro chorradas.

Hice ensaladilla rusa, gambas al ajillo y patatas alioli. Amanda hizo tres tortillas y ensalada de pimientos. Ana durmió la siesta y al levantarse hizo pan tumaca medio desnuda. Por otro lado hubo pork rave, con chorizo, jamón, fuet y tal. También melón con jamón. La sangría salió regular porque obviamente el vino aquí no es como en España, pero a nadie pareció importarle. Amanda había propuesto que mancillásemos la paella, pero se lo prohibí explícitamente, que suficiente sufre la pobre siendo violada en cientos de chiringuitos, menús del día y secciones de platos preparados.

La fiesta se dividió entre los que preferían beber a comer y los que podrían haber estado atados a la pata de la mesa. Yo me lo pasé muy bien, vaya. Al día siguiente me levanté rollo walking dead y me arrastré hasta la cocina para conseguir algo de agua. Todavía no hemos recogido, y está el piso que parece la Guerra de Kosovo. Hay hasta cadáveres y miembros seccionados por ahí. Fatal. Durante toda la tarde nos dedicamos a ver tutoriales de peinados en Youtube. Lo que pasa es que en el neceser de Ana hay exactamente tres horquillas, un peine y una goma de pelo, así que quedó un poco princesa low cost.

Llegamos una hora tarde al cumpleaños de Vivien y cuando llegamos ya había gente vomitando. Ana decidió no parar de liarse porros, y fue una idea terrible, porque hacía tiempo que no estaba tan fumado. Se me caían las lágrimas de la risa porque todo era un espectáculo. Un lituano sin cejas guapísimo le regaló a Vivien una taza, una botella de vino, unos bombones y unas botellitas de vodka al tiempo que le decía “nice to meet you”. De verdad, cuanta bondad desinteresada hay en el mundo.

Luego había una eslovaca muy maja que no paraba de hacerse Bongs, un polaco insoportable y personajes variopintos. Resulta que el chico más guapo que jamás habíamos visto en nuestra vida era de Tayikistán (sí, he buscado en Google). Yo me imaginaba a sus habitantes estilo Borat, pero resulta que no. Después viví una de las situaciones más absurdas de mi vida: dos personas contándome a la vez que eran fieramente veganas mientras comían nuggets. También fue la primera vez en mi vida que vi a una china fumar porros. Bueno, en realidad era coreana y no dejaba de decir “cooooool”. Nunca había visto a una persona despierta con los ojos tan sumamente cerrados. Descartes no habría sido capaz de discernir si estaba en sueño o en vigilia.

Otro personaje espectacular era una señora así como Tamara Gorro en versión incluso-más-choni a la que apodamos La Leona. Sus aportaciones fueron: apoyarse llorando en el marco de una puerta diciendo que solo conseguía ser graciosa cuando bebía, desmayarse sobre una pared y quedarse dormida en la puerta del baño impidiendo el paso. Por otro lado, estuvo toda la noche (antes de morir, se entiende) haciendo el paso de baile que hace Madonna en el videoclip de Hung Up, así que también recibió el sobrenombre de La Rana.

Llevaba toda la semana ocultándole a Ana que Marcelo venía el sábado, así que cuando llegó fue como un episodio de Hay una cosa que te quiero decir. Lo único que Ana estaba completamente fumada y no quedó tan romántico. Ellos se largaron a casa a repoblar el planeta y yo con los irlandeses al SaSaZu, que es una discoteca que está donde Cristo perdió el sombrero. Concretamente cogimos tres tranvías diferentes para llegar. Me lo pasé genial, pero John me invitó a un chupito de algo horrible y me tuve que pedir un gintonic para sobrellevar el drama. Y claro, vas sumando copas y la lías.

Total, que me quedé dormido en un sofá con Lucia y el puertas nos acompañó amablemente a la puerta. Vino Lulu a por nuestros tickets del ropero para darnos nuestros abrigos pero resulta que Lucia no tenía el suyo, así que nos turnamos mi Columbia para no morir de hipotermia. No sé cómo cojones conseguí encontrar el bus correcto, pero después de una hora conseguimos llegar a casa. Me comí un Big Mac con patatas y Coca Cola y le eché la chapa a Lucia hasta que el tranvía a su casa volvió a estar operativo. Me dormí y hoy me he levantado con resaca doble, así que no se cómo voy a hacer todo lo que tengo que hacer esta semana. Dame fuerza, Virgencita.

martes, 10 de diciembre de 2013

/20/


La noche del sábado teníamos una cena de grupo organizada. Albóndigas con tomate, cerdo con salsa de cereza, arroz con azafrán, vegetales y hierbajos variados y medio kilo de patatas. Todo en el mismo plato. Y gratis. A favor, claro. Además estaba bastante decente. Eso sí, se me ocurrió salir a fumarme un cigar a la terraza del restaurante sin abrigo, así que volví con escarcha en el bigote. Estando en la terraza, un suizo como de 30 años empezó a observarme con mirada humanitaria al enterarse de que yo era español.

Me preguntó cosas como si los españoles todavía podíamos comer. Le dije que en su país habían votado no en un referéndum para limitar la distancia salarial entre los ejecutivos y los trabajadores, y que yendo en ese plan acabarán con la misma desigualdad que en España. Él me respondió que es bueno fomentar la competitividad. Yo le dije que es muy fácil defender eso cuando el que menos cobra de la empresa gana 5000 euros. Me contestó que en Suiza eran muy ricos pero que se aburrían mucho, y que en España por lo menos teníamos sol (?) y éramos graciosos. Me fui.

Los irlandeses son maravillosos. Tienen todo lo bueno de los españoles pero no gritan tanto. También son espabilados como nosotros, y saben que si hay una discoteca gratis debes ir a ponerte el sello y luego pirarte a beber a la habitación del hostel. Intenté seguir su ritmo pero solo lo conseguí a medias. Primero bebí cerveza, luego compramos un cuarto de litro de vodka de sabores para cada uno y ya después un litro de vodka para cada dos. Maravilloso. Les debí echar una chapa importante sobre todo lo que se me pasó por la cabeza. Además cuando voy borracho no consigo conjugar y me enfado conmigo mismo, así que puedo estar media hora diciendo “I was, no, I were, joder, I had been…I gone…Ok, doesn’t mind”.

Os contaría qué tal era la discoteca a la que fuimos, pero no me acuerdo. Tampoco sé cómo volví al hostel. Pero sí recuerdo haber meado de madrugada en las calles de Cracovia, cuando mi pene pasó a ser un Frigopene. De todos modos me lo pasé genial. Al día siguiente me levanté de resaca y me tiré encima de la máquina de café. Pero no había. Hicimos la maleta a toda prisa y partimos hacia Auschwitz-Birkenau.

Todo el subidón del fin de semana se fue diluyendo poco a poco según me adentraba más y más en uno de los resquicios más podridos de la historia humana. No llego a entender tanta crueldad, ni siquiera partiendo del máximo odio posible. Me lo imaginaba distinto, mucho más pequeño, más vallado, más derruido. Me destruye pensar en los diciembres de aquellos prisioneros, trabajando con harapos en el paisaje polaco: llano, frío, inhóspito. Aunque al menos si sentías la nieve colándose en las entrañas era porque todavía estabas vivo. En fin, definitivamente no fue un buen colofón para el viaje.

Me subí al autobús y como me había bebido un litro de Coca-Cola no pude dormir ni un minuto de las siete tediosas horas de viaje vuelta a casa. Al llegar a Praga nos despedimos de la gente y recuerdo que me dieron ganas de quitarme el abrigo, porque después de conocer el invierno polaco, el checo se antoja tropical. Nos compramos una caja de 20 nuggets en el McDonalds, unas patatas grandes y dos coca-colas. Ana se puso a hacer un trabajo y yo a leer sobre los personajes que horas antes me habían aterrorizado en Auschwitz.

Nos acostamos como a las cinco de la mañana, y yo seguía sin poder dormir así que estuve dando vueltas en la cama, leyendo y releyendo el Twitter. A las seis y media, en ese momento en el que estás con un ojo abierto y el otro cerrado, noté que había un grupo de gente hablando y riendo al otro lado de la puerta. He de decir que nunca cerramos la puerta con llave cuando nos vamos a dormir. Y claro, como en toda historia de terror que se precie, empezaron a aporrearla. Después de 10 minutos de golpes y gritos en checo no me quedó más remedio que despertar a Ana y hacerla partícipe del drama.

Ana se despertó como en una película de David Lynch. Me preguntó si estaba despierta o dormida. Me dijo que estaba soñando que venían a robar a casa. Le dije que alguien estaba llamando a la puerta. Mientras buscaba algo de ropa para ponerme, ella abrió la puerta y gritó WHAT DO YOU WANT? Uno de los cinco skinhead le enseñó su móvil y le preguntó si conocía al tío de la foto. Ana respondió que no y cerró de un portazo. Yo me lancé a la cerradura. Tuvimos que dormir juntos. Al día siguiente Ana le preguntó a un vecino y resulta que era la mafia rusa buscando a un hombre que debía dinero. Me gustaría decir que estamos mucho más tranquilos, pero no lo tengo claro. Este país es maravilloso. 

lunes, 9 de diciembre de 2013

/19/


Tocaba visitar Cracovia y Auschwitz-Birkenau. La verdad es que Polonia es un país que nunca me ha atraído, pero como los viajes que organiza Student Zone son muy baratos y muy bien organizados, nos apuntamos. Como de costumbre, la noche antes del viaje no dormimos, haciendo trabajos para la Universidad entre cafés y porros. Eso sí, después del drama he conseguido entregar un análisis decente del programa electoral de EQUO. Quince páginas en inglés que han supuesto un step más hacia el bilingüismo pero un step menos hacia mi estabilidad mental.

Teníamos la calefacción y el agua caliente de casa estropeados, así que nos plantamos en Hlavní Nádraží congelados, sin habernos duchado y en mi caso con gafas, porque tenía conjuntivitis. Menos mal que no pretendía usar mis armas de seducción en Cracovia, porque estoy en esa etapa del año en la que te sientes extremadamente feo. Nos subimos al autobús para comenzar un apasionante viaje de 7 horas por las nevadas carreteras centroeuropeas. Llevábamos toda la semana durmiendo a ratos, así que en cuanto nos sentamos Ana se dedicó a babearme el hombro y yo a golpearme contra la ventana, despertándome cada diez minutos. 

Tras atravesar cientos de barriadas comunistas repletas de altísimos bloques de cemento gris, llegamos al centro de Cracovia, que afortunadamente es bastante más bonito. No sé dónde está mi umbral máximo de frío, pero las tormentas de nieve polacas lo han rozado de cerca. Ni siquiera fuimos capaces de terminar el tour guiado por la ciudad. Los polacos son bastante más amables y simpáticos que los checos y bastante menos agresivos que los húngaros. Tienen una iglesia por habitante (hasta siete en la misma calle) y yo pensaba que serían estilo extremismo Intereconomía, pero simplemente son como abuelas españolas que acuden a misa por inercia y ponen velas a los santos. O al menos eso me pareció a mí.

Lulu, la organizadora siberiana del viaje, nos colocó a Ana y a mí en una habitación del Kraków Hostel con cuatro irlandeses. Y llegó el día D de nuestra estancia Erasmus. Por fin tenemos amigos. O un conato de ello, vaya. Pasamos de ir a la fiesta en un tranvía porque valía seis euros y además Ana tenía que hacer un trabajo para la Universidad. Le rogué que saliésemos después a la discoteca con el resto de Erasmus porque necesitaba algo de diversión tras una semana catastrófica. Ella se negó, obviamente, pero después de que uno de los irlandeses llegase etílico y sus amigos le metiesen en la cama, aprovechamos que habían vuelto al hostel y salimos con ellos. Por cierto, John había comprado vodka de avellanas, que se bebe mezclado con leche. A mi me pareció una guarrada pero el caso es que me invitó a un par de chupitos y era como beber Baileys con sabor a Nutella. Sorprendentemente bueno.

Fue la primera vez en años que Ana se bebió dos vodkas. Yo me bebí alguno más, porque cada copa costaba unos 3 euros y medio. Aquí todo el mundo da por hecho que Ana y yo somos pareja. De hecho, Lulu nos preguntó si habíamos protagonizado esa leyenda urbana de la pareja que folló en los baños del barco de Budapest. Después de litros de vodka polaco, no sé ni cómo volví al hostel. Estuvimos hablando con Lulu hasta que Ana empezó a quedarse sobada en una silla. Cuando entramos en la habitación nos dimos cuenta de que la nieve se estaba colando por la ventana, así que dormimos juntos.

Al día siguiente llegó Marcelo con un amigo suyo de Brasil, Henrique. Dimos vueltas por la ciudad y comimos una sopa que sabía rara, como a patatas y nata agria, pero estaba buena. La cerveza polaca, también buena. De vuelta al hostel me sentí como la bolsa de plástico de American Beauty, porque el viento hacía conmigo lo que le daba la gana. Españoles que bailan y saludan como idiotas. La nieve lo cubría todo, y no sabía si estaba en la acera, en medio de la calzada o a punto de ser atropellado por un tranvía.

Era la primera vez que Marcelo veía la nieve, así que Ana y él estuvieron todo el día tirándose pelotazos en plan Love Actually. Mientras tanto, yo me dediqué a gritar que estaba lloviendo cocaína. Ellos querían tener una cena romántica y todo eso, así que le pregunté a los irlandeses si podía acoplarme con ellos para cenar y salir. Y como son encantadores, me acogieron, así que me fui a dormir la siesta. Hay cosas que nunca cambian.

martes, 19 de noviembre de 2013

/18/


La susodicha guía era muy maja, pero no conocía ningún dato sobre nada y se limitaba a contonearse, señalar cosas y tener ataques de risa. De hecho olvidó enseñarnos algunos monumentos aunque estuviesen delante de su angulosa nariz. Pese a sus intentos por boicotear Budapest, lo cierto es que creo que es la ciudad más bonita en la que he estado. A años luz de Praga. Y a varias galaxias de Madrid.

Qué maravilloso es eso de tener un enorme y caudaloso río atravesando tu ciudad y no un arroyo tóxico como el Manzanares. Eso sí, aunque Budapest es preciosa, la calidad de vida parece ser bastante peor que en Praga. Además los húngaros tienen una extraña afición por los solariums, así que caminas todo el día junto a tanoréxicas pese a que el sol no sale ni a saludar. Todos los platos que probé sabían a paprika, que viene a ser su pimentón y da igual que receta pidas que ahí está, intoxicándote. La cerveza la sirven templada y está bastante mala.

Después de cinco horas subiendo y bajando colinas, cruzando puentes y esquivando calles en obras nos daban al fin tiempo para comer. Dormí la siesta para no dejar de promocionar la Marca España y cuando desperté apareció Ana con Marcelo, su novio, que había venido de viaje express. La noche prometía ser un capítulo de Gossip Girl, navegando de noche por el Danubio con barra libre. Al final fue más un capítulo de Los Serrano, con Jesús Bonilla sirviendo champán de marca blanca y Belén Rueda vomitando por la borda. Eso sí, la cerveza era Heineken. Obviamente tuvieron que parar el barco para subir más alcohol. Yo me cogí un pedo interesante mientras fumaba en la cubierta disfrutando de un paisaje iluminado por los dioses. Budapest es más bonita de noche. Y es rematadamente bonita de noche y borracho.

Intenté montar un show tipo Chanquete pero al final nos echaron del barco y salí tambaleándome antes de que algún húngaro me llenase de cemento las Vans y me tirase al río. La idea era salir, pero Ana y Marcelo se piraron al hotel y Amanda estaba cansada. Los Erasmus son unos bordes y son lo menos friendly que te puedas echar a la cara. Así que me dediqué a darle la chapa a Amanda con lo mierda que es el universo y todas esas cosas existenciales que se reflexionan cuando vas ebrio. Al menos Amanda es del mismo país que yo y no tengo que iniciar absurdas diatribas sobre política monetaria o social cleavages in Southern Europe.

Obviamente para volver nos colamos en el tranvía, pero como el karma está obsesionado con joderme la vida, nos pilló un revisor justo en la parada que teníamos que bajarnos. Yo no tenía ninguna intención de enfrentarme a las fuerzas de seguridad húngaras, que no tienen muy buenas referencias, así que le tiré a la cara un billete de mil florines y salimos corriendo. Después me sentí mal porque podría haber corrido sin pagar. Luego pensé que mil florines son tres euros y que me hubiese salido más caro pagar todos los viajes que hice en transporte público.

Inmerso en mi depresión me dediqué a probar toda la gama de productos Milka para saciar mi drama, encarnando a una especie de Bridget Jones austrohúngara. A la mañana siguiente todos decidieron ir a las termas pero yo no tenía bañador así que me largué con Ana y Marcelo a una exposición de Robert Capa. Disfrutar de decenas de espeluznantes fotografías de la Guerra Civil no me ayudó a sentirme mejor. Pero al menos desplacé el drama hacia los republicanos. Desde luego la historia de España se ha construido siempre sobre la injusticia.

Paseamos por la ciudad, comimos y disfrutamos de los últimos momentos en una ciudad mágica. Hacia las seis de la tarde partimos de nuevo a Praga, y el viaje de autobús se me hizo insoportable. Cuando llegamos eran más o menos las doce y media, y Ana y yo nos congelamos volviendo a casa con mucho peso encima y pocas ganas de empezar una nueva semana. Praga tiene la niebla más espesa que vi jamás. Tras la caminata por Hogwarts, al fin tenía de nuevo cerca a mi querido edredón.

domingo, 17 de noviembre de 2013

/17/


Llegó el momento de girar un poco por Europa, en este caso hacia Budapest. Para los que consideráis Europa del Este todo lo que está a la derecha de Alemania, os comentaré que si lo dices por aquí se cabrean. Hungría, como República Checa, es un país centroeuropeo. Y en Europa Central todo está cerca. Solo seis largas y soporíferas horas de viaje de autobús, lo cual no está tan mal si piensas en esas familias de Bilbao que bajaban en los setenta a pasar las vacaciones en Huelva. Y sin atravesar ninguna frontera.

El autobús nos abandonó en medio de la ciudad y nos dirigimos al GoodMo Hostel, que por cierto recomiendo encarecidamente. Hicimos el check-in, deshicimos la maleta y todas esas chorradas. Después, Ana y yo huimos a pillar algo de comer porque todo el mundo había tenido la maravillosa idea de traerse un bocadillo pero, obviamente, nosotros no. Un euro son aproximadamente 300 florines húngaros, por lo que es un país en el que es fácil ser millonario. Según el tipo de cambio de hoy, solo necesitas 3352,17 euros, aunque visto el percal tampoco es tarea sencilla. El caso es que es un coñazo de moneda porque una cena te puede costar 1594 florines y acabas montando un show de monedas y billetes variopintos para pagar un puto sandwich.

Dormimos la siesta porque el día anterior no habíamos dormido gracias a un maravilloso trabajo de la universidad. A lo tonto ya era la hora de la cena, en realidad las seis o siete de la tarde, en la que nos iban a deleitar con lo que el folleto prometía: una cena gratis de especialidades húngaras. En la cruda realidad nos esperaban varios platos de plástico de lo que en España denominamos Patatas a la Riojana. El chorizo lo habían sustituido por salchichas y habían triplicado la cantidad de pimentón. Yo estaba aterrorizado porque sabían exactamente igual que las del comedor de mi colegio. Alguna señora llamada Toñi estaba detrás de la barra, estoy convencido.

El caso es que causaron furor y se acabaron enseguida, así que tuvieron que pedir 20 pizzas para alimentar a hordas de Erasmus enfurecidos (y borrachos). Ana y Amanda no tenían ganas de salir y yo estaba cansado, así que nos fuimos a dormir pronto. Durante la noche fui atacado y me levanté en pleno pánico porque pensaba que tendría que vivir la secuela de Gingerman. Pero no, eran arañas mutantes cuya picadura dolía un huevazo pero no tenían interés en invadir mi casa. No pude desayunar en el hostel porque como en mi habitación dormían otras nueve personas, había cola para la ducha. Y los franceses tardan, de media, cuarenta minutos en ducharse. Menos mal que Ana interpretó a Winona Ryder y me robó uno de los mejores donuts que me he comido en mi vida. 

La razón del madrugón era un tour gratis por la ciudad a cargo de una chavala de infinitas piernas y abrigo de pelo sintético. Empezó diciendo que era su primer día como guía, lo cual me hacía presagiar que dejaría Hungría sabiendo lo mismo del país que cuando llegué: Goulash, porno gay y una democracia derrumbándose.

jueves, 7 de noviembre de 2013

/16/


No voy a contaros nada nuevo. Confeccionar tu currículum es el paso definitivo hacia la madurez y la independencia. Por eso yo sigo sin tener uno. Y mira que mi madre insiste e insiste en que las cosas no caen del cielo y que hay que buscar para encontrar. El caso es que paso de hacerme un currículum poniendo lo maravilloso que soy y mi Bachillerato de matrícula. Total, para que me contraten en un McDonalds da igual que ponga que estudio dos carreras o que soy el presidente del club de fans de Sonia y Selena.

O incluso peor, podría optar a ser “becario” en algún medio de comunicación. Que viene a ser lo mismo que trabajar friendo hamburguesas, pero encima justifican tu mierda de “sueldo” – si es que lo tienes – porque están “formándote”. La verdad es que antes de pasarme mañanas y tardes minutando vídeos o transcribiendo noticias de agencia casi prefiero poner la cuchara-palo y hacer que la máquina de McFlurries centrifugue también mis expectativas vitales.

Me estoy yendo por las ramas, y lo que yo venía a contar era mucho más divertido. El caso es que cualquier español, a la hora de hacer su currículum, tiene rellenado de antemano uno de los apartados. Inglés nivel medio. Da igual que hayas vivido quince años en Alabama o que tu mayor contacto con la lengua de Shakespeare haya sido un verano en la verbena de tu pueblo de la Serranía de Cuenca con una guiri que nadie sabe bien como acabó allí.

El inglés de los españoles es siempre medio. Hablado, escrito y leído. Si me apuras, también puedes incluir un nivel bajo de francés (si es que estuviste en Disneyland París cuando tenías tres años), italiano (si hace dos veranos te follaste a un tal Piero que luego resulta que tenía gonorrea) o portugués (es que tengo una tía que vive en Ourense y claro, al fin y al cabo, portugueses y ourensanos, primos hermanos).

Si hay algo positivo de que estemos huyendo como ratas de España, es que nos vamos a dar cuenta al fin de que todas las chorradas que nos hemos creído durante años son mentira. En cuanto sales del país te das cuenta de que los españoles no tenemos ni idea de inglés. Ni nivel medio ni pollas en vinegar. En cuanto llegamos al extranjero nos juntamos con todos los europeos del sur, dispuestos a no entendernos y a disfrutar de nuestra complicidad mediterránea.

Me he liado un porro con el First Certificate porque es para lo que me va a servir. El otro día en clase un canadiense me dijo algo y yo le sonreí esperando que no fuese una pregunta. Pero sí, lo era. Soy un cliché. Después quedé como un borde porque un turco me preguntó algo y le contesté con una carcajada nerviosa mientras corría escaleras abajo. También le grité “good presentation” a una ucraniana sexy y huí porque tenía miedo de que me preguntara que era lo que más me había gustado.

En realidad me encanta dramatizar. No tengo ni puta idea de inglés pero tengo mucha gracia. Coño, que soy español. No entiendo nada de lo que me dicen pero pensaba que estaría acojonado con caer bien y no quedar mal. En realidad estoy haciendo lo que me sale del cucumber, así que aunque esté aprendiendo más checo que inglés, estoy contento. Además, estoy enriqueciendo la lengua inglesa con cientos de neologismos y palabras traducidas literalmente del español ante la perplejidad de Amanda.

Soy como Belén Esteban pero sin dinero para cocaína. Supongo que cuanto más me quede por estos parajes, más mejorará mi inglés. Por ahora, prefiero seguir levantándome cada mañana de resaca con mi relaxing cup of café con leche y preguntándome si estoy en el sitio adecuado, frente a la puerta correcta. Y cada mañana mi conciencia me recuerda: if, if, between, between.

viernes, 1 de noviembre de 2013

/15/


Confieso que me apetecía mucho hacer este capítulo porque es apasionante mostraros mi nueva faceta. Soy toda una señora. Por fin entiendo qué es eso de comparar precios en el supermercado, pesar frutas y verduras y preguntar a las reponedoras dónde está el azúcar para que me respondan “cariñet, en el segundo pasillo”. Eso sí, todo eso en checo. Así que sigo buscando el azúcar.

Básicamente aquí hay tres cadenas de supermercados importantes: Billa, Tesco y Albert. Nosotros vamos a Billa porque es el más barato, el más grande y el que mejor marca blanca tiene (Clever). Los productos de primera necesidad en el supermercado son muy baratos, aunque la cuenta final suba un poco por esos caprichos de Bridget Jones que metemos en el carrito.

Ir con Ana a la compra puede ser un coñazo, especialmente cuando llegas a la sección de panes. Somos como una pareja de recién casados. Yo espero con el carro en una esquina intentando no obstaculizar el paso a las ancianas mientras ella pasa unos veinte minutos cogiendo y dejando panes. Mientras tanto yo tengo que buscar en el traductor si el pan es integral o blanco, de trigo o de centeno. Por cosas como ésta es por las que invertimos toda la tarde cada vez que vamos al supermercado.

La verdura y la fruta son muy frescas, y puedes comprar naranjas, pimientos, ajos o tomates españoles mejores y más baratos que en nuestro propio país, cosa que no entiendo. Para que os hagáis una idea, estoy empezando a comer tomate porque aquí está realmente bueno. La carne es excelente, pero no hay ternera, solo cerdo y pollo. Y cientos de tipos de salchichas, pero todas están malísimas. Si eres adicto al queso, aquí es difícil desintoxicarte, porque tienen de todos los tipos habidos y por haber, incluidos quesos españoles.

El pescado no existe, porque el mar más cercano debe estar a 2000 km. Puedes conseguir pescados de río rollo trucha, suele haber salmón pero es caro y luego tienes un par de estantes de pescado congelado. Pero me juré a mi mismo que no comería Abadejo de Alaska, Panga o varitas de merluza. Venden atún Calvo y millones de conservas Isabel en los supermercados. El aceite de oliva suele ser griego. Y carísimo. Un cuarto de litro nos costó cuatro euros. Ahora hemos comprado medio litro de aceite de Tarragona por seis pavazos, pero está bastante decente.

Lo que más echo de menos es el tomate frito, que no existe, y sobre todo las legumbres. Lo del tomate lo he solucionado comprando una salsa preparada de importación italiana que es tan ácida que hay que echarle medio kilo de azúcar, aunque sabe bastante bien. Pero lo de las legumbres sigo sin solucionarlo. En serio, necesito un cocido de mi madre, unas lentejas con chorizo o una fabada. El otro día compré Baked Beans porque quería sentirme como un vagabundo de Leeds, pero fueron directas al WC. ¿En serio los ingleses desayunan eso? ¿No me estáis vacilando?

Hay productos como las sopas de sobre, las especias o los yogures que vienen en envases individuales. Aquí el concepto Hacendado “pack indivisible de tres” lo tienen muy superado. Tampoco son muy fans de los conservantes, y tienes que estar atento a todo lo que tienes en la nevera porque por ejemplo los yogures caducan dos días después de la compra y la carne más de lo mismo. Compramos un café que se llama Paloma porque echo de menos a mi hermana.

Aquí debe estar de moda el concepto Viva México Cabrones, porque hay una sección dedicada únicamente a comprar todo lo que necesitas para hacer mexican party, con la consiguiente diarrea del día siguiente. También tienen como tres mil tipos de noodles y billones de salsas. El otro día un checo me dijo que aquí los macarrones se comen con ketchup. Yo hay cosas que no entiendo, de verdad.

Ah bueno, y después de que mi madre me diese el coñazo pasándome ciento cincuenta recetas en las que el vino blanco era IMPRESCINDIBLE, compramos también un tetrabrick estilo Cumbre de Gredos. Eso sí, también me intentó convencer de que tenía que comprar Brandy, pero no estamos en Cuéntame. Y además acabaría bebiéndomelo un martes por la noche. 

lunes, 28 de octubre de 2013

/14/


Bueno que se me va de las manos y todavía no os he contado nada sobre la Universidad, que se supone que es a lo que he venido. O al menos lo que le he contado a mi coordinadora. Se acabó tener que madrugar toda la semana y atender a clases de tres horas. Cuanto más desarrollada es la educación de un país, menos vas a clase, eso es así. De hecho, la Karlova V Praze está entre las 100 mejores universidades del mundo. Tengo clase de lunes a miércoles, cinco asignaturas, en dos facultades distintas, Hollar (que está en el centro) y Jinonice (que está en Mordor):

Los lunes a las 14:00 voy con Amanda a Global Ethnographies, que es una asignatura de máster que todavía no sabemos de qué va. La profesora es húngara, muy maja, pero cada semana nos manda leer 200 páginas en inglés sobre temas tan apasionantes como la reforma agraria de Napoleón, el fracaso de la Tercera Vía de Blair o la compresión espacio-tiempo provocada por la Globalización. Comentarios semanales. Participación en clase. Trabajo final de 35 páginas. No sé cómo voy a aprobar esta asignatura.

Los martes a las 9:30 tengo European Comparative Politics and Society, que es mi asignatura soñada. Los que me conocen saben que ADORO comparar países entre sí. Y encima como somos 80 personas cada uno de un lugar del mundo, pues es como la ONU pero sin que me paguen por opinar. Me encanta hacer comentarios incendiarios en un inglés bananero, defender la independencia del País Vasco o decir que España no es una democracia. Y encima nadie se sorprende. Qué maravilla. Hay que leer muchos textos, hacer un trabajo y un examen final.

Después vuelvo a casa y una vez cada dos semanas tengo Contemporary American Cinema por las tardes con Ana y Amanda. Ves una película en tu casa, te lees un par de textos, ves una película en clase, se monta un debate y entregas dos ensayos durante el cuatrimestre. No parece muy exigente, pero la verdad es que cuando tienes que entregar trabajos en inglés de unas cuantas páginas, casi prefieres que te hagan un examen. El profesor es Michael Moore y no entiendo absolutamente nada de lo que dice porque es americano y habla inglés nativo.

Los miércoles a las 12:00 tenemos Media and Society, que consiste en llevar comentada una noticia sobre los medios cada semana y hacer un trabajo final, que Ana y yo lo hacemos con dos checas sexys con las que todavía no hemos hablado. El profesor bebe ginebra antes de entrar a clase y se dedica a hacer discursos mientras apaga y enciende el aire acondicionado. No es muy complicada pero a veces se generan debates interesantes.

Por último, después tengo Intercultural Communication Management, que básicamente es hacer performances como si estuviésemos en un episodio de Supernanny. Nada más entrar el primer día la profesora nos repartió unos papelitos. Cada uno éramos un país del mundo y teníamos que saludar a todo el mundo tal y como lo hacen allí. Durante las siguientes tres clases cada grupo de alumnos presentó su país y luego el resto preguntábamos. Muy divertido, y aprendí muchas cosas de países de los que no tenía ni idea. Además la presentación de España causó furor, porque a los europeos les parecemos graciosos aunque estemos contando dramones del Guernica y la Guerra Civil. La profesora actúa como Lourditas de Los Serrano y se asusta cuando alguien estornuda.

Como veis, todas las asignaturas están intrínsecamente relacionadas con el Periodismo y la Comunicación Audiovisual. Sinceramente, ojalá la UC3M se dé cuenta de que no tiene ningún sentido un plan cerrado de cinco años, porque al menos aquí puedo coger asignaturas con las que estoy aprendiendo y de temas que me interesan más que volver a dar Periodismo en la Red. No he faltado ni un día a clase y suelo leer todos los textos, así que creo que es compatible tomarse un poco en serio las cosas con un pedo continuo de miércoles a domingo.

sábado, 19 de octubre de 2013

/13/


Deberíais amarme. Comprendo que haya cientos de blogs en el mundo en los que la gente cuenta sus experiencias Erasmus con un Excel al lado, informando de cuánto cuesta el metro, el precio medio de la barra de pan o qué monumentos debéis visitar. Las guías de viajes ya cubren esa avidez informativa. Me gustan los datos, pero también me gusta la ginebra, y si puedo inundar mis vivencias, las inundo. Es extraño que nadie os cuente la percepción que tiene de un país nuevo, de un modo de vida que no se parece, ni de lejos, al que acostumbraba tener y de los claroscuros que tiene esto de vivir lejos de mamá.

Praga es una ciudad bellísima, de eso no cabe duda. Pero también es una ciudad repleta de contrastes. Yo diría que el 90% de la población tiene un Skoda Octavia, así que presupongo que respetan y apoyan al adalid de su industria. Pero también hay un 5% de ciudadanos que tienen magníficos Porsche, BMW relucientes o brillantes Ferrari que miran hacia los vagabundos y les roban la poca dignidad que les queda. También hay otro sector poblacional que llena de humo tóxico la ciudad y conduce coches de la época comunista, con chatarra en los asientos de atrás y el óxido carcomiendo la carrocería.

Soy un ignorante, así que no se si en otros países se puede palpar tan fácilmente la desigualdad, pero es llamativo descubrir que aquí la ciudadanía está separada por abismos insondables. De hecho, el otro día leí que República Checa es el país líder en consumo de metanfetamina. En Praga, si escoges la ruta incorrecta y acabas debajo de un puente o en una calle poco transitada, es normal ver a gente fumando crack. Y no seré yo el que demonice las drogas, desde luego, pero cuando te enfrentas a esa realidad de frente, te das cuenta de que quizá esas personas hubieran tenido vidas diferentes si papá Estado tuviese unos programas de reinserción más eficientes.

Creo firmemente que Europa ha sido siempre el estandarte del Estado del Bienestar y de la sociedad solidaria, la que no mira a otro lado y prefiere tender la mano antes que esposar la mano del que pide ayuda. Pero cuando ves que una persona baja del tranvía con una brecha en la cabeza y sangre cayendo por su cara, y te das cuenta de que el resto de los viandantes continúan su caminata sin girar la cara, te empiezas a preguntar dónde queda todo eso del Bienestar.

Cierto es que esta ciudad minimiza al máximo lo que en España consideramos agravios comparativos. Hasta el más pobre puede salir a cenar o a tomar una cerveza. El abono transporte para tres meses me ha costado 700 coronas, unos 30 euros, menos de lo que pagaba en Madrid por un mes. Las discotecas o bien son gratis o cuestan máximo unos 4 euros. Es fácil ser feliz aquí, al menos si lo comparas con las familias españolas echando cuentas y considerando el McDonalds como un lujo para satisfacer a los chavales.

Perdonad que me ponga reivindicativo, pero es que justo antes de venir leí un artículo en el que un economista sugería que España debía bajarse de la parra y empezar a competir con los países que realmente están a su altura, como Polonia y República Checa. Recuerdo que me sentó mal, y que pensé que debíamos pelear contra los líderes, Alemania o Francia. No entendía por qué nos comparaban con países tercermundistas. Ahora sé que la sociedad checa le da mil vueltas a la española en decenas de asuntos.

Para que os hagáis una idea, la semana que viene hay elecciones al Parlamento. El partido que estaba gobernando con mayoría absoluta ahora tiene poco más del 6% de apoyo en las encuestas. La tolerancia con la corrupción es nula, están muy quemados desde la caída del comunismo. Y sí, aún con mayoría absoluta, aquí el presidente dimitió. No fue por financiación ilegal, sino porque su secretaria, y amante, utilizó los servicios secretos del país para espiar a su mujer. Si el Caso Bárcenas estallase aquí, el Parlamento estaría ardiendo.

Esa es solo una de las múltiples razones por las que cada día me levanto y pienso que preferiría no volver jamás al país que me vio nacer y que espero que no me vea morir. Aunque sí espero que me vea crecer, al menos un tiempo, porque te das cuenta de que cuando estás fuera, dedicas gran parte de tu tiempo a añorar todas las cosas que has dejado atrás.

Echo de menos a mis amigos, a mi familia, y me doy cuenta de que son mucho más necesarios de lo que creía y de que me gustaría meterles a todos en un avión para que paseasen conmigo por las pedregosas aceras. Y compartir historias cervezas mediante. Porque esa es otra de las razones por las que me quiero quedar. Aquí las cañas son de medio litro.

viernes, 18 de octubre de 2013

/12/


La siguiente aventura era una excursión dominguera al campo. Yo no estaba muy a favor de escalar montañas el día antes de empezar las clases, pero como nos habíamos apuntado porque costaba solo seis euros, pues fuimos. Una vez más se nos fue la hora de las manos, pero habían presupuesto que habría europeos del sur apuntados, así que cuando llegamos todavía no se habían marchado.

Un gordito bonachón comentó que tendríamos que coger un tren, luego un autobús y después un tren de nuevo porque había habido un accidente de coche. Yo no entiendo que tiene que ver un accidente de coche con una línea ferroviaria, pero bueno, este país es así. El caso es que Bohemian Paradise, donde nos dirigíamos, está a unos 80 kilómetros de Praga, pero tardamos dos horas y media en llegar.

Los trenes la verdad es que deben ser de la época en la que Stalin partía la pana, porque yo me sentía como en un capítulo de Mad Men. Aquí las vías están construidas en medio de Narnia, así que las ramas golpean la ventana del tren y no puedes mirar porque te mareas. Ana se quedó dormida y yo me dediqué a jugar al Diamond Dash en el móvil. Bohemian Paradise es un parque nacional que a mí no me sorprendió en absoluto porque el paisaje es exactamente igual que el de mi pueblo, que está en la Ribeira Sacra. Eso sí, aquí las casas no eran de pizarra y piedra, sino más bien rollo Suiza, de madera y con los tejados muy empinados.

Andamos unas ciento treinta horas por la montaña hasta que llegamos a una piedra del tamaño de la Torre Picasso. Hubo gente que la escaló y gente que se quedó abajo cuidando las mochilas. A mí me parece un despropósito que la Universidad organice viajes en los que perfectamente puede morir alguien, pero como Ana estaba convencida de subir, pues subí yo también. Las vistas desde arriba eran increíbles, la verdad, pero bajamos porque un alemán con gorro se había motivado saltando piedras y estuvo a punto de caerse por el precipicio.

Después de visitar un castillo y de caminar otras doscientas cuarenta horas por el bosque, a las cuatro de la tarde llegamos a un restaurante en medio de la montaña. Ana y yo decidimos ir al baño y cuando volvimos estaban las ochenta personas sentadas en mesas de diez. Nos sentamos los dos solos en plan parejita y yo me dediqué a emborracharme porque me parecía una situación muy humillante. Cuando acabamos de comer nos propusieron volver a casa o seguir caminando hasta las nueve de la noche. Bendita democracia.

Volvimos a Praga con agujetas y un conato de gripe que no fue nada gracioso, porque el rollo de subir montañas, sudar y que luego la temperatura baje 10 grados no le sienta nada bien al organismo. Nos tiramos en la cama y montamos drama porque oficialmente se habían acabado las vacaciones. A mí se me había olvidado hasta cómo escribir. Y en inglés ni te cuento.

jueves, 17 de octubre de 2013

/11/


El encuentro con los buddys fue raro. Llegamos a la estación de metro más cercana y le preguntamos a una checa dónde estaba exactamente el lugar que buscábamos, pero nos contestó con un dobrý den y un golpe de pelazo. Empezamos a andar de manera aleatoria y sorprendentemente encontramos el punto de encuentro. Nos recibió una checa muy maja y un grupo de unas cincuenta personas.

Un neozelandés nos hizo las típicas preguntas sobre la sangría y la siesta, y nos habló de paellas y fiesta, más o menos la marca España en estos latifundios. Fuimos a un bar y pedimos una cerveza, y otra, y otra. Y así. Se nos olvidó cenar, que es algo totalmente normal aquí, teniendo en cuenta que cenan a las siete de la tarde y nosotros habíamos quedado a las ocho. Presuponemos que la gente había salido cenada de casa, pero nosotros andábamos con el estómago vacío.

Según el pedo iba subiendo yo me venía más y más arriba. Ana se ríe de mí porque cuando conozco a alguien de otro país tiendo a decir In spain, we use to…, seguido de cualquier anécdota estúpida e irrelevante para mostrar a los ciudadanos de otros países nuestra idiosincrasia. Le dije a una alemana que para nosotros el cine alemán eran las películas de los domingos en Antena 3, niñas secuestradas, mujeres violadas y asesinatos cerca de un lago. No le hizo mucha gracia pero creo que le caí bien.

Seguimos bebiendo y el bar cerró como a las once, así que cuando salimos ya íbamos con un pedo importante. De repente el checo líder de la manada, que por cierto me tiraba los trastos, decidió que era el momento de trasladarnos a una discoteca. Estaba cerca y fuimos hablando con un francés que tenía unas orejas muy graciosas y con un eslovaco que había sido jugador de la selección de fútbol de Eslovaquia pero se había tenido que retirar por una lesión.

Llegamos al Astronomic Club, que viene a ser como Kapital en Madrid pero algo más tercermundista. Yo saqué mi cartera para pagar la entrada pero resulta que era gratis, así que tuve una ligera erección. Bajamos las escaleras y aparecimos en una especie de bar, en el cual medio litro de cerveza valía unas 30 coronas, que viene a ser un euro y poco, así que yo estaba en la gloria. Ana se pidió un mojito que le costó unos 3 euros, así que también estaba en la gloria.

Bailamos un rato y Ana decidió que necesitábamos un porro porque llevábamos casi un mes en el país y todavía no habíamos fumado. Decidió preguntarle a un rasta que estaba fumándose uno, pero la acusó de ser agente de policía. El rasta malrollero estuvo a punto de escupirle pero decidió irse para no crear gresca. De repente apareció un turco llamado Omar que nos invitó a un porro. Ciertamente sabía a gloria después de tanto tiempo, pero cuando le fuimos a pedir el teléfono de un camello se subió a un tranvía.

Además Omar iba a pasar el resto del mes fuera de Praga, así que no había esperanza de tener camello. Al menos volvimos a casa dando un paseo y chocándonos contra las paredes. Cuando llegamos, Ana se tiró sobre la cama y tuve que desvestirla, entre el erotismo y la necesidad. Hay que ver la facilidad que tiene el cuerpo para adaptarse a la ausencia de THC y sorprenderse de nuevo con la sustancia girando en nuestro interior.

Desde luego esa noche dormimos muy a gusto. 

martes, 15 de octubre de 2013

/10/


Ya era hora. Instalados en nuestro nuevo piso llegaba el momento de empezar la universidad. Bueno, más bien de seguir tocándonos las pelotas pero acudiendo a la vez a la semana de presentación Erasmus. Era miércoles y teníamos que estar a media mañana en la Facultad de Artes para que nos leyeran unos powerpoints y nos dieran una carpetita con información importante.

Cogimos la línea verde de metro en Náměstí Míru, a cinco minutos de casa. Pero nadie nos había comentado que en ella está la escalera mecánica más larga de Europa, más de 100 metros de caída libre. Para que os hagáis una idea, si permaneces quieto, tardas dos minutos y medio en subir/bajar. Y los que me conocéis sabéis que llego tarde siempre, así que me siento como Jesús Calleja cada vez que me toca correr, porque es tan larga y empinada que si bajas empiezas a marearte y si subes acabas con taquicardia. Además no hay voluntarios al final de la escalera esperándote para darte una palmadita en la espalda y una botella de Powerade.

Obviamente, llegamos tarde. Pero tampoco nos perdimos nada. Básicamente te cuentan dónde está cada edificio de la Universidad, cómo tienes que hacer la matrícula y te deleitan con una diapositiva final en la que te recomiendan que no cojas taxis porque lo más probable es que te estafen o que aparezcas muerto en una cuneta.

Volvimos a casa dando un paseo por el centro, y me dediqué a analizar la indumentaria de los checos. En general visten un poco a su bola, y hay un importante sector poblacional que tiene como icono de moda a Belén Esteban. Justo en la calle principal hay un NewYorker de cuatro plantas que es una orgía de brillos, cadenas, purpurina y colores flúor. Cuatro plantas dispuestas a provocarte un desprendimiento de retina.

Para que entendáis la gravedad de la situación, aquí la marca española más relevante no pertenece al entramado Inditex. Ni siquiera es Mango o Cortefiel. LA MARCA MÁS CONOCIDA ES DESIGUAL. CON DOS COJONES. Debe haber un mercado amplísimo de cincuentonas votantes de Izquierda Unida y profesoras de Filosofía, porque no entiendo el furor hacia ese cajón de retales que se convierten en prendas gracias a la colaboración de modistas ciegas. Lucía Etxebarria sería muy feliz en esta ciudad.

Comimos en el restaurante favorito de Ana, que se llama Demínka, y volvimos a casa a vaguear y ver alguna serie bebiendo cerveza. Al día siguiente teníamos que ir al encuentro con los buddys, que básicamente son universitarios checos que se aburren mucho y deciden emborrachar a los Erasmus que acaban de llegar. Por cierto, el edificio de la foto es la Dancing House, que mola mucho y se supone que representa a Fred Astaire y Ginger Rogers dándolo todo en la pista. 

domingo, 13 de octubre de 2013

/09/


Cuando buscas en un mapa dónde está el IKEA más cercano al centro de Praga, su maravilloso logo aparece junto a la estación de Zličin. Así que nos bajamos del metro y nos pusimos a descifrar carteles bajo la lluvia. Estábamos en un macrocentro comercial típico de las afueras de una capital, y podíamos ver dónde estaba el H&M, el Decathlon o el Zara. Pero no encontrábamos el IKEA y preguntamos a una señora que obviamente no tenía ni idea de inglés y se metió en el papel de una azafata de avión haciendo coreografías.

No entendimos nada, pero como señalaba hacia la izquierda, miramos hacia la izquierda. Y allí, a unos 125 kilómetros estaba el puto rótulo luminoso de IKEA. Como íbamos con bastante margen de tiempo, decidimos ir andando. Caminamos por debajo de puentes, por encima de puentes, nos resbalamos sobre el césped mojado y nuestros zapatos pasaron a ser marrones. También cruzamos varias carreteras, y como los checos conducen como Fernando Alonso estuve a punto de ser atropellado por un Citroën C3 y después por una furgoneta.

Atravesamos una gasolinera y un McDonalds y nos vimos frente a una autopista de ocho carriles. El problema de Ana es que cuando se viene arriba, se cree que no hay ningún reto imposible para nosotros. Pero yo no he pagado el seguro médico, y si hay que repatriar mi cadáver corre a cargo de mi familia. Y no estamos para gastos imprevistos. Así que retrocedimos hasta el inicio y decidimos buscar una ruta alternativa. Paramos el tráfico de todas las carreteras del país, saltamos arbustos y al fin estábamos al otro lado de la autopista.

Diez minutitos andando y el maravilloso IKEA se erigía ante nosotros. Lo más difícil ya lo habíamos hecho, pero resulta que todo estaba rotulado en checo y a eso hay que sumarle que los productos de IKEA en sí mismos ya tienen nombres ininteligibles. Más o menos fuimos arramplando con lo que veíamos y era estrictamente necesario, que tenemos austeridad presupuestaria.

Pero de repente llegó el gran drama. Ana cogió unos siete juegos de sábanas diferentes y los tiró en medio del IKEA. De repente gritó: “Juanra, CUÁL ME DEFINE MÁS COMO PERSONA”. Yo le dije que era más bien clásica, que escogiera entre una paleta de colores suaves, nórdicos y tal. Pero ella insistía en que había venido a Praga a “volverse loca” (sic) y empezó a coger fundas de lunares de colores, sábanas bajeras color naranja y almohadones verde pistacho.

Tras una media hora de drama, por fin descartó todos menos dos. Tras otra media hora, escogió uno. Y seguimos andando por el IKEA con la satisfacción de haber superado la elección de ropa de cama. No hace falta que os diga que Ana volvió corriendo a cambiar el juego de sábanas por uno con el que se sentía más identificada, de colores pastel como yo había predicho. Mientras tanto yo conseguí una sartén y pinzas para la ropa.

Llegamos a la caja y empezamos a dejar cosas que no necesitábamos y habíamos cogido porque nos creíamos asalariados. La cajera checa nos insultó por ello, pero conseguimos huir. Nos tomamos una pizza basuril en la cafetería y resulta que estaban cerrando, así que un guardia de seguridad acompañó a Ana a mear. Yo no estaba dispuesto a cruzar de nuevo autopistas y bosques con una bolsa enorme del IKEA que pesaba como dos Faletes y medio, así que le preguntamos a una especie de prostituta checa que nos informó de que había un autobús gratuito hasta la estación de metro. La verdad es que somos subnormales. Pero bueno, eso no es ninguna novedad. 

/08/


Alexandria, la musa egipcia, no era de El Cairo sino más bien del countryside de Glasgow. Cuando llegamos a la inmobiliaria pensamos que nos atendería ella, pero no, se fue a comer y nos dejó con una encantadora liliputiense rubia que tenía el culo de Nicki Minaj y de la cual no recuerdo ni el nombre. Ella iba a ser la encargada de enseñarnos el que pensábamos que sería el primero de muchos pisos. Empezamos a andar hacia Londýnska bajo la lluvia, mientras la retaco rubia nos vendía las bondades de vivir en Praha 2, un barrio céntrico, tranquilo y con todas las comodidades.

De repente teníamos ante nosotros un edificio imponente, señorial, parisino. Y abrió el portal. Por dentro no era tan señorial, la verdad, y más que parisino era rollito Sarajevo en la posguerra. Ella comentó que lo único negativo era que teníamos que subir tres pisos sin ascensor mientras yo dirigía la mirada hacia las humedades en las paredes y las escaleras de cemento. Debajo de la escalera hay un calabozo lleno de carritos de bebé y enseres tétricos.

Ana comentó que, al menos, “los buzones eran muy elegantes”. Todavía no se qué pretendía con ese comentario, pero bueno, siempre he pensado que vivir en un edificio antiguo tiene su encanto. Y no me refiero a vivir en un bloque de ladrillo sesentero de los que pueblan Madrid. Mientras subíamos otro piso más no parábamos de pensar en cómo cojones pretendían sacarnos 400 euros a cada uno por vivir en una casa okupa. Nuestro rellano no era mucho más alentador, porque nuestros vecinos viven en un piso patera de vietnamitas y un poco más allá hay una puerta incendiada sin cerradura con el número 13 escrito en rotulador. La puerta de nuestro piso tenía un hachazo en medio, lo cual nos dio muchísima confianza, aunque la retaco rubia juró y perjuró que al día siguiente la cambiaban.

Como veis, el panorama era un poco Czech Horror Story. El caso es que la puerta se abrió y sorprendentemente al otro lado había una vivienda perfecta, recién reformada, con una cocina nueva y enorme, un baño reluciente, un comedor y dos habitaciones más grandes que mi salón madrileño. Un sistema de calefacción a estrenar y unos suelos de parquet que me dieron ganas de eyacular sobre ellos.

Y aquí estamos. Quizá penséis que pagar 800 euros por un piso de dos habitaciones es excesivo, pero claro, con gastos incluidos y teniendo en cuenta que solo la calefacción aquí te puede costar 100 pavos, pues no está tan mal. Además la localización es perfecta. Y tenemos dos ventanales enormes cada uno, que al principio nos encantaron pero ahora nos cagamos en ellos porque aquí nadie tiene persianas y cada mañana nos despierta un maravilloso sol a las siete en punto.

Tras firmar el contrato y pagar tasas e impuestos que ni sabíamos que existían, éramos mucho más pobres pero al fin teníamos un techo. Y qué techo. Sin exagerar, la distancia del suelo al techo puede ser de unos tres metros y medio, así que cuando cantas por casa sientes que vives en la Scala de Milán. Aunque cuando Ana pone a Shakira de hilo musical, la reverberación distorsiona aún más la precisa vocalización de la colombiana y de repente escuchar Las de la intuición pasa a ser un ritual satánico.

La siguiente misión era ir al IKEA inmediatamente, porque necesitábamos dormir esa noche con un edredón, comprar menaje de cocina y cositas así. En teoría se tarda como una media hora de metro, pero yo debo ser gafe, y nuestra aventura para llegar al IKEA se convirtió en una etapa de Pekin Express.

viernes, 11 de octubre de 2013

/07/


Ya llevo siete entradas y todavía no hemos llegado a la Universidad. Esto puede durar más que Hospital Central. Os podéis imaginar que los primeros diez días, nuestra vida era plácida. Vivíamos como Paris Hilton y Nicole Richie, con la tranquilidad que te da Praga, una ciudad en la que es mucho más caro hacer la compra que desayunar, comer y cenar fuera.

En diez días tomamos miles de capuccinos y tartas, probamos especialidades checas, bebimos Heineken a precio de Carrefour Discount e incluso tomamos mojitos en un barco anclado en el río. Y luego vas al McDonalds y te cobran 10 coronas (0,40€) por sobre de kétchup y 15 coronas (0,60€) por entrar al baño. Este país no tiene sentido.

Nuestra vida de nuevo rico español se tambaleaba cuando entrabamos de nuevo al hostel. Pasábamos la noche en la recepción junto a otros viajeros, porque era el único sitio con wifi. Los mendigos utilizaban la cocina para hacer alubias y luego dormían plácidamente en los sofás de la sala de estar. Debe ser un establecimiento magnífico, porque todas las noches había un coche de policía aparcado en la puerta.

Nos duchábamos en una bañera en la que una maraña de pelos hacía de alfombra antideslizante. Eso sí, el agua estaba caliente, que en Praga no juegan con esas cosas. Además, pasamos ratos muy divertidos en el hostel. Incluso conocimos a un personaje de Linares, porque aquí los españoles son una marabunta, y puedes reconocerlos por todo Praga por el nivel de contaminación acústica.

Pero gracias a Dios nuestra estancia en aquel antro estaba cerca de terminarse. Menos mal que Ana decidió mandar e-mails a todas las inmobiliarias que encontró, porque de repente un día recibió el correo definitivo. Una tal Alexandria nos invitaba a ver un piso en Praha 2 por si queríamos alquilarlo. Nuestra vida turística nos había hecho olvidar que nos teníamos que quedar allí de Erasmus. Y el Chili Hostel desde luego no era una opción, así que fuimos a visitar a Alexandria al día siguiente.

martes, 8 de octubre de 2013

/06/


Ana y yo ya llevábamos unos días viviendo en Praga, disfrutando de sus monumentos, de nuestro maravilloso hostel y de lo fácil que es comer y beber bien por menos de cinco euros. Pero de repente nos vimos sumidos en un nuevo drama. Teníamos que ir a la policía para registrarnos como ciudadanos checos. Yo pensaba que con ser europeo valía para hacer lo que te saliese de los huevos, pero no, tienes que decirle a las autoridades de la República Checa: “eh tíos, estoy por aquí, si cometo un crimen ya sabéis dónde estoy”.

Lo primero que necesitábamos era un par de fotos de carnet. Concluí que si en Madrid había fotomatones en todas las estaciones de metro, en Praga pasaría igual. Y no me equivoqué. El problema es que el software del fotomatón estaba en checo, así que Ana en vez de imprimir cuatro fotos de carnet se llevó a casa dieciséis pegatinas con su cara. Que están muy bien para hacer un escrache, pero para la policía no tienen validez. Así que ocupamos el fotomatón unos 20 minutos hasta que conseguimos fotos de carnet, y cuando salimos había cientos de señoras checas insultándonos. Escapamos.

El caso, nos teníamos que registrar. Y no parecía complicado. Al menos la oficina de inmigración estaba en Praha 3, así que podíamos ir dando un paseo. Lo que no habíamos tenido en cuenta es que de Praha 1 a Praha 3 hay un trayecto equivalente a la ascensión al Everest. Una cuesta arriba interminable que nos costó casi una hora y media superar. De repente toda la ciudad burguesa y austrohúngara se convertía en un centenar de bloques de la época comunista. Edificios grises, con bragas y fajas colgando de los tendederos. Esa parte de Praga que no sale en los folletos turísticos.

Caminamos más allá de la Žižkov Television Tower, que viene a ser el Pirulí de Praga. Es divertido, porque hay esculturas de bebés escalando la torre. Le hice una foto y seguimos nuestro camino. De repente nos vimos en los suburbios, y gracias a mis conocimientos de checo, que básicamente consisten en conocer la diferencia entre náměstí (plaza) y ulice (calle), un checo consiguió entendernos y acompañarnos hasta la puerta de la oficina de inmigración. Para que luego digan que no son amables.

Cuando llegamos, una vez más la estampa típica de la República Checa. Un edificio comunista con pantallas de plasma y máquinas expendedoras. Rellenamos varios documentos y nos dispusimos a esperar solo un par de horitas hasta que nos atendiesen. Jugamos al Fruit Ninja porque Ana estaba enganchada, pero yo no tenía claro si era oportuno sacar un iPad con una pegatina a favor de la legalización de la marihuana en una comisaría. Al final no tuvimos problema con eso.

Llegó el momento. Cuando crees que las instituciones españolas son lo peor que puede existir sobre la faz de la tierra y que nuestros funcionarios rozan la incapacidad mental, descubres que en República Checa todo funciona aún peor. No entiendo cual es la motivación de poner a policías que no saben ni decir hola en inglés para gestionar visados y permisos de residencia. Una señora obesa era la única fuente de comunicación entre el mundo exterior y las instituciones checas.

Descubres policías que esbozan una ligera e irónica sonrisa cuando ven que eres español y deciden mandarte amablemente de nuevo a la cola al grito de “NOT ENGLISH, NOT ENGLISH”. Ante la amenaza de tener que volver al día siguiente, Ana montó drama en la comisaría y al final acabamos rellenando los papeles con datos falsos con el propósito de no volver nunca a esa inhóspita comisaría en medio de la nada.

Para todos los que creen que se abre un mundo de oportunidades fuera de España, os diré que os van a tratar como una mierda incluso en países en los que creías que no existía odio hacia los españoles. No nos vamos de nuestro país para mejorar nuestro inglés ni completar nuestra excelsa formación. Nos vamos porque no hay trabajo. Y los de fuera lo saben.

Al final conseguimos regularizar nuestra estancia en Praga, con más dificultades de las que imaginábamos. Lo primero que hicimos al salir de la comisaría fue fumarnos un cigarro con la satisfacción del que se ha quitado un peso de encima y tiene un documento menos que rellenar.

Nos encaminamos de nuevo al hostel. Al menos ahora el camino era cuesta abajo.